viernes, 31 de octubre de 2014

Porcelana (Halloween 2014)

Desperté. Esa cama era muy incómoda, apenas habían pasado un par de horas y ya echaba de menos mi casa. Quiero aclarar que me gustaba pasar el fin de semana en casa de mi abuela, pero hay cosas que incomodan. El colchón por ejemplo, era un poco viejo e incomodo, a veces cuando me movía escuchaba los muelles. En mi casa estaba acostumbrada en levantarme de la cama ir recto hacia la puerta, salir y girar a la derecha para ir a la cocina. Pero esa vez me levanté, fui todo recto y me la estampé contra el armario.
Busqué el interruptor de la luz a tientas, luego salí al pasillo, pero no encendí la luz porque sabía que mi abuela dormía con la puerta abierta y tal vez la molestara. Giré a la izquierda y fui hacia la cocina. En cuanto abrí la nevera, la luz del interior se encendió. Me quedé casi un minuto mirando empanada los estantes, hasta que recordé lo que iba a buscar pero... No había agua fría, se me había olvidado meter la jarra. Nada, que me tocaría beberla a temperatura normal, pero eso no me quitaría la sed.
Abrí la botella, cogí un vaso y me serví el agua. Mientras bebía, oí algo moviéndose fuera de la cocina. Luego escuché un golpe al lado mío, pero no me asusté hasta que noté que algo me tocaba el hombro. Casi grité, pero encendí la luz y me di la vuelta rápidamente.
— ¡Maldito gato!
Se llamaba Tofito, era un gato de 3 años muy gordo, de color gris. El gato lo había acogido mi abuela, lo había encontrado abandonado cuando solo era una cría. Lo había llamado Tofito porque cuando lo llevó a casa, lo primero que intentó darle de comer fue tofu. Si, el gato comía tofu.
Se había subido a la encimera sin que lo viera. Maulló. Yo refunfuñé y le eché mi vaso de agua a su cuenco vacío. Tofito bajó de la encimera y empezó a beber. Apagué la luz y salí de la cocina.
Desde luego, no intentaría volver a dormir en el cuarto, fui directamente al salón. Miré la hora en mi reloj de pulsera, eran las dos de la mañana. Cogí una manta y un cojín y me fui al sofá. Tropecé, con el mando de la televisión (mi abuela tenía la manía de dejarlo tirado por el suelo, siempre). La televisión se encendió, ponían un programa de tarot. Justo antes de apagar la tele, miré a la derecha y me di un susto te muerte al ver la muñeca de mi abuela. Siempre me pasaba igual.
Ella decía que era un regalo de su madre, muy preciado. Siempre estaba en el mueble, junto a todas las fotos de familia. Estaba bien cuidada, tenía el pelo largo, liso y castaño, llevaba un lazo rojo en el pelo. Sus ojos eran azules, sus labios rosas e incluso tenía un poco de color en los mofletes de porcelana. Levaba puesto un vestido blanco, o tal vez beige, con bordados rojos. Parecía que me estuviera mirando fijamente. Se llamaba Marta. La maldita muñeca se llamaba como yo... Al parecer mi madre también se había criado con esa muñeca en casa y, bueno, se le pegó el nombre.
Apagué le televisión y me tiré al sofá a dormir, hasta que mi abuela despertase por la mañana. Pero no dormí durante mucho tiempo, ya que el maldito gato se me puso encima y casi me ahoga. Me levanté de golpe haciendo que Tofito (o Señor Tofu como lo llamaba yo) se cayera al suelo. Era demasiado grande y pesado.
Me froté los ojos y miré a mi alrededor, a pesar de que el salón estaba oscuro, pude verla. La muñeca de porcelana, pero no estaba en su sitio, estaba de pié a dos metros de mi. Tampoco parecía la muñeca de siempre, parecía humana. Parecía una niña, con su pelo liso, su vestido bordado, una sonrisa encantadora... Se rió.
Yo ahogué un grito. No podía despertar a mi abuela. ¿O tal vez eso fuera un sueño? Lo más seguro, solía soñar cosas raras.
— ¿Qué...?
La niña volvió a reírse. Pasó corriendo al lado mío y desapareció. Cuando volví a mirar, la muñeca seguía en su sitio.
—Muy bien, muy bien... Creo que es hora de dormir. No hay razón para alarmarse... Salvo porque estoy hablando sola y acabo de ver un "fantasma". No pasa nada...
Cogí la muñeca, la envolví en la manta y la guardé en el fondo del baúl que mi abuela tenía en el salón. Luego me volví a mi habitación, cerrando la puerta detrás de mí.
Cuando llegué a la esquina del pasillo, volví a escuchar su siniestra y dulce risa, estaba al fondo del pasillo, en frente de la puerta de la habitación de mi abuela. La puerta estaba abierta, como yo predije, pero se había cerrado con un golpe de viento. Pero claro, todas las ventanas de la casa estaban cerradas. ¿De verdad era viento?
—Ella duerme. No podrá oírte.
Esa vez sí que grité, fui corriendo a mi habitación y cerré la puerta. Estaba a oscuras, pero mis ojos se habían acostumbrado a esa oscuridad. Pegué la oreja a la puerta, no oía nada desde fuera. Quería pensar que solo era una pesadilla, que iba a despertar en cuanto encontrara la realidad. Pero me di la vuelta y la maldita muñeca estaba encima de mi cama, sentada apoyada en las almohadas.
¿La porcelana se puede romper no? Eso pensé en aquel momento. Cogí a la muñeca de porcelana por el pelo y la tiré al suelo. Golpeé y golpeé hasta que se quedó sin cara. Luego la pisoteé, quería asegurarme de que no volvería a moverse. 
Solo respiré aliviada cuando vi lo destrozada y horrible que había quedado.
—Harás que llore... 
Fue como por arte de magia. La muñeca estaba en el suelo, pisoteada, pero se volvió a levantar, mientras la porcelana volvía a unirse como si fuera un puzle y la expresión de su rostro se hacía más humana. La niña había vuelto a aparecer, yo volví a gritar y salí de mi cuarto. El pomo de la puerta ardía, y aunque solo lo llegué a tocar con mis dedos, todo mi brazo tenía quemaduras de segundo grado. Fui directa a la habitación de mi abuela. Iba a abrir la puerta, pero ella me agarró la mano y me arañó el antebrazo.
— ¡Aléjate! —le había gritado yo.
—Me hiciste daño.
Lo dijo y volvió a irse. Retrocedí hacia la cocina, en cuanto alcancé la encimera cogí el cuchillo carnicero y esperé en guardia. El Señor Tofu apareció otra vez, le arreé una patada sin querer. Pasó el tiempo, todo parecía ir bien, pero no lo iba. Si yo había visto películas de miedo a lo largo de mis años de vida... Nada iba bien.
Volvía a estar detrás de mí, la muñeca de porcelana, tan preciosa como antes. La golpeé con el cuchillo de carnicero una y otra vez, hasta hacerla trizas. No quería verla volver a verla reaparecer, ni repararse sola otra vez.
Abrí el horno de gas y tiré la muñeca dentro. Cogí las cerillas, encendí una y la tiré dentro del horno. Lo cerré rápidamente y abrí el gas.
Salí corriendo, con el cuchillo en la mano, hacia la habitación de mi abuela. Esta vez tenía que avisarla. Pero yo, en el fondo, sabía que ella no me iba a dejar.
No llegué a tocar el pomo de la puerta. Ella volvió a cogerme del brazo, pero yo le di con el cuchillo. La atravesé...  La mancha de sangre empezó a extenderse por su vestido beige, Marta puso una mano en la herida de su pecho. Luego cayó de rodillas al suelo, empezaron a resbalarle lágrimas por las mejillas, que parecían ser otra vez de porcelana. Levantó su mano hacia mí. Por un momento, llegó a darme verdadera pena, por un momento quise llorar también y cogerla en brazos pero... ¿De verdad había matado a aquel demonio?
Salí corriendo de nuevo, hacia la puerta. La abrí y bajé las escaleras mientras gritaba asustada. Una cerilla iluminó el rellano.
—Has sido mala —dijo—. Eres una niña mala. Todo es por tu culpa. Tengo que castigarte pequeña Marta... 
Tenía la caja de cerillas en una mano. Estaba encendiéndolas y tirándolas al suelo. No quería mirarla, me di la vuelta para seguir bajando. La muñeca estaba allí, sentada en la escalera, chamuscada... Me asusté de nuevo y tropecé. Caí dos tramos de escaleras hacia abajo y me desmayé.
Lo único que recuerdo, es a la vecina saliendo al rellano y pidiendo ayuda a los demás vecinos. La ambulancia, la policía, los bomberos...
La vivienda no se había quemado, por suerte. Pero sí que sabía era que la muñeca de porcelana se había quemado en aquel horno.

Por una noche, el pasado había vuelto a atacarme y las cicatrices que creía curadas se volvieron a abrir. Miles de demonios que creía haber matado, resucitaron de nuevo. Yo lo intenté, con toda la fuerza de voluntad que tenía, lo intentaron psicólogos y especialistas, pero solo las pastillas consiguieron ahogar mis recuerdos. En realidad, llevaba mucho tiempo acostumbrada a esa casa, a girar a la izquierda para salir de mi habitación en la casa de mi abuela, pero mi mente decidió olvidar siete años de mi vida y volver a mi casa.
La pila de mi reloj se había agotado, la alarma no había sonado. Yo no había recordado que tenía que tomar mi medicina. 
Nunca nadie supo qué pasaba, qué problemas hubo para acabar así. Pero yo lo recordaba, lo recuerdo y lo recordaré hasta el fin de los tiempos mientras dejen de hacerme efecto las pastillas.
Aquella vez fue la última vez que mi padre le permitió a mi madre hacerme daño. Decir que yo había tropezado y el rizador de pelo, caliente, había caído sobre mi brazo ya no colaba. Porque cada día eran más quemaduras. "Eres una niña mala" solía decir mi madre.
Pero siempre al final parecía que se arrepentía, porque siempre me sonreía y era ella la que me curaba las quemaduras del brazo.
Mi padre estaba un poco estresado aquella noche, porque hacía poco lo habían echado del trabajo y mi madre no dejaba de recordarle que podía hacer algo más que quedarse en el sofá mirando la televisión, que al menos ella tenía trabajo. Y aquella vez no fue un simple rizador de pelo. Cuando él entró en la cocina porque me había oído gritar, había visto que la vitrocerámica estaba encendida y que mi madre me estaba sujetando aún, había perdido el control.
Tal vez lo hubiera sospechado desde siempre, pero esa vez lo había visto con sus propios ojos. Cogió el cuchillo que mi madre estaba utilizando antes y no dudó en apuñalar a mi madre dos veces. Cayó al suelo con una mancha de sangre en la blusa blanca. Yo caí con ella mientras la abrazaba y quedaba yo también manchada con la sangre de mi madre.
Él creyó que también me había matado a mí. Huyó de la cocina. Yo miré a mi madre, lloraba, tenía una mano sobre la herida de su pecho, de la que todavía brotaba sangre. Quise abrazarla, morirme con ella pero... ¿De verdad había matado aquel demonio? ¿O era el demonio quién la había matado a ella?

Mi padre se suicidó, yo me quedé con el peor recuerdo de mi vida para siempre. Nadie me lo podía quitar de la cabeza, todavía soñaba con aquella encantadora sonrisa de porcelana que escondía un cruel demonio.

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Hola pequeñas luciérnagas. ¿Qué tal andamos? O volamos... Hoy es Halloween y preparé este relato corto para vosotros. La intención no era, necesariamente, causar miedo o temor alguno. Solo pensé que al ser de un tema un poco más así... como de pesadillas iría bien para este día.
La idea de este relato se la debo a una amiga, que me contó que había tenido un sueño sobre una muñeca que se convertía en muñeca y viceversa. Pero lo demás es mío... solo mío. Pero lo comparto con vosotros, of course. ¿Qué sería del mundo si no compartiéramos nuestras historias? Bueno, ahí arriba os lo he dejado. ¡Que paséis un buen Halloween!

miércoles, 29 de octubre de 2014

Dark Light 5

Capitulo 5
Rescate

Una y otra y otra vez... Quería verlo muerto, aunque muerto ya estaba, desde luego, Alexter ya no se iba a levantar. No hubo gritos, ni lamentos por su parte, solo esa expresión de terror al verse derrotado.
Solo quedaban los dos de fuera, no había nadie más en el refugio. Por un momento Aura se preguntó si habrían oído algo. Porque si lo habían oído, después de su grito deberían pensar que ella estaba muerta, pero si Alexter no se comunicaba con ellos, pronto entrarían por la fuerza. Había demasiado silencio. Se sentó en el suelo apoyada en la estantería de en frente de la puerta.
Escuchó las voces de Cesar y Rick, pero no entendía lo que decían, pese a que hablaban bajito, hablaban demasiado rápido. Cogió la primera arma que encontró en el suelo. Era un M16, en cuanto lo tocó se encendió la pantalla holográfica y Aura empezó a leer la información, era una manía que cogían todos los agentes cuando aprendían a usar las armas.
—Comando de voz. Lanzador: Listo. Sistema de munición: cargado al 19%. Munición escasa, plata. Fuego: Automático. Objetivo: por identificar.
Dejaría que la magia tomara el control, en cuanto ellos dos entraran, ella solo tendría que dar la orden. Si no se morían los dos sería de milagro, en ese caso ella misma les mataría como a Alexter.
Ella no era zurda, desde luego, pero no podía hacer nada con su mano derecha, aunque ya había empezado a cicatrizar rápidamente.  Tal vez tendría que haber soltado a Alexter, pero con el brazo inmovilizado sobre la mesa, ya no podría hacer nada. Levantó el arma y apuntó hacia la puerta, preparada para disparar.
Escuchó golpes, pronto la derrumbarían y ella ya estaba preparada, solo esperaba tener suficientes balas. Echaron la puerta abajo, ni siquiera la miraron cuando entraron. Primero se fijaron en el desorden que habían armado, luego la sangre, después en Alexter, su cara de espanto fue épica cuando vieron que estaba muerto. No solo muerto, casi descuartizado, entonces miraron a Aura.
—Fuego —dijo.
En pocos segundos, el cargador se vació y los dos cayeron muertos por el hueco de las escaleras.
Miró de nuevo la habitación, la chimenea seguía encendida. En algún momento, los libros habían caído y uno de ellos ya se estaba consumiendo en el fuego. Solo necesitaba esperar un poco más y todos los libros caídos empezarían a prender, luego, ardería todo en llamas.
Se quedó quieta, esperando a que el fuego se propagara. Después de que le cortaran una mano, morir ardiendo no le parecía tan malo. En pocos minutos, la pila de libros comenzó a arder, junto con la alfombra. Las persianas de las ventanas se levantaron automáticamente, al parecer se había puesto el sol. Aura ya estaba prepaada para morir cuando escuchó un sonido... Era un helicóptero de rescate.

*   *   *

Estaba acostada en una camilla de la enfermería mientras la enfermera le revisaba la herida. Tambiéne había traído un vaso de la cafetería con "reconstituyentes" (así había llamado ella a la sangre) pero todavía no lo había tocado. Para aquel que estuviera en Dark Light y no fuera un vampiro, la sangre como alimento seguía siendo un tema tabú. Pero no solo era eso, también la comida de los hombres lobo, de hecho, nadie sabía lo que ellos comía ni de donde venía, la mayoría tampoco quería saberlo.
—Bueno... —dijo la enfermera—. Por lo menos fue un corte bastante limpio. Podría haber sido peor. Veamos... Un hacha de plata, estaba bien afilada pero oxidada en una de las esquinas. Bastante pequeña. Dejamos de fabricarlas hace  veintisiet... No, veintiocho años. 
— ¿Alguna buena noticia? —preguntó Aura. 
—Sí, no vas a poder recuperar tu mano, pero podrás tener otra diferente... Esta es una prótesis de una mano biónica.
Aura se quedó mirando la mano de plata que le enseñaba. No era cómo otras que había visto antes, le costaba reconocerlo, pero molaba bastante.
— ¿Y voy a poder moverla?
—Con el paso del tiempo sí. Se supone que tu cuerpo debería aceptarla como si fuera tu propia mano de carne y hueso... Si no... Bueno... Si no ya hablaremos.
— ¿Y que hay la anestesia?
—No haría efecto en ti, de todas formas te va a doler menos de lo que te dolió perderla.
—Divertido —respondió Aura, en el tono más irónico posible.
—Pero primero bebe —le dijo.
Aura miró al vaso de plástico de color blanco. No quería ni pensar en eso. 
—No tengo mucha hambre —giró la cabeza.
—Eso no importa, has perdido mucha sangre y necesitarás recuperarla de alguna forma.
Aura cogió el vaso de mala gana, se puso la pajita en la boca y empezó a beber a desgana.
—Además... Cuando yo termine, empezará tu juicio.
— ¿Juicio?
—Has asesinado al criminal más buscado por Dark Light, sin que nadie lo ordenara. Cualquiera iría a juicio por eso, pero no te preocupes, seguro que todo saldrá bien...

*   *   *

Ya habían pasado un par de horas, la llevaron al juzgado, que estaba en la planta de los interrogatorios. Se parecía mucho a uno del mundo de fuera, solo que delante de ella tenía un espejo, para que no pudiera mentir. Y allí no había abogados, ni jurado. Se tenías que defender por si mismo y el juez era el que decidía su sentencia. Pero si que había público, y entre ellos estaban todos sus conocidos.
—Sigo insistiendo en que todavía no es el momento, debería dejar que se recuperase del todo — Edgar intentó convencer al juez, pero este no le hizo caso.
—Aura Edwin, estás acusada de romper la norma 27 del libro de la normativa de Dark Light. Teniendo el rango de Bronce, mataste a Alexter, el vampiro más buscado desde los inicios de Dark Light. Y además te deshiciste de las pruebas de tu crimen. Todo sin el permiso de un supervisor de, por lo menos, el rango de Oro.
—Pero lo hice en defensa propia, él me hubiera matado.
—No he acabado señorita Edwin —continuó el juez—. Además, mataste a dos licántropos, Cesar y Rick Grace, que no estaban en ninguna lista de fugitivos, rompiendo así el acuerdo entre razas.
—Pero ellos también estuvieron rompiendo el acuerdo de razas... Según el apartado... 4 de ese acuerdo, la tortura también es ilegal.
—Y su castigo no era la muerte. Según el acuerdo, el castigo por todos los crímenes que han hecho es la cadena perpetua.
— ¿Y qué debería haber hecho yo contra ellos tres? Me hubieran acabado matando.
—Las órdenes de cuando un rango Bronce se encuentra en peligro y no puede escapar, es esperar refuerzos.
—Me habían roto el localizador.
—Hubieran encontrado la manera de encontrarla.
— ¿Y si no lo hubieran hecho?
—Lo hicieron.
—Si hubiera esperado, yo estaría muerta y ellos tres seguirían por ahí con su banda de criminales. Ahora que Alexter está muerto...
El juez negó con la cabeza, mientras escribía el informe.
—La muerte de un Líder no detiene la guerra.
—Eso se lo ha copiado de Harry Potter —le susurró Nancy a Leandra, pero esta no sabía de que hablaba.
—Lo siento señorita Edwin, pero la sentencia para cuando se incumple esta norma es la destitución de tu puesto.
— ¡No! —Aura se levantó de un salto.
—Y volver al rango Principiante. Empezar el entrenamiento desde cero.
— ¡No puede hacerme eso! —protestó Aura.
— ¡No puede hacerle eso!
Todos sus amigos protestaron. Pero no servía de nada, ella había roto las normas.
—Yo no hago las leyes, esa es la sentencia. Aura Edwin será destituida de su puesto y empezará el entrenamiento desde cero.
Iba a dar el clásico golpe con el martillo para acabar con la sentencia, pero algo lo interrumpió. Se apagaron las luces y apareció un holograma delante de Aura y el juez, pero no había ninguna persona, en todas las pantallas del juzgado, apareció el símbolo Alpha. Todos sabían quiénes eran, interrumpían en Dark Light solo en algunas ocasiones, muy escasas, podían pasar años sin que dijeran nada. Pero estaban al mando de todo y siempre sabían lo que pasaba en todas partes.
Ellos eran los 9 Alpha, los creadores de Dark Light.
—Sentimos la interrupción en el juicio  —dijo una voz, que parecía la de una mujer— pero no va a sentenciar a esa chica.
—Usted no hace las normas, pero nosotros sí, y podemos cambiarlas. A veces es divertido...
Nadie se atrevió a interrumpir las voces.
—Aura Edwin, queda libre de todos los cargos —siempre hablaba alguien diferente y se turnaban.
—Por acabar contra el mayor enemigo de Dark Light.
—Aunque nos hubiera gustado tenerlo aquí... Para tener una amable y educada conversación con él por los viejos tiempos... Has hecho lo correcto.
—La ocasión no es la correcta, pero por su primordial ayuda a la organización de Dark Light...
—Nosotros, los Alpha, te concedemos el cambio de rango y la medalla al honor.
—A la valentía.
—Y a la lealtad.
—Gracias por tus servicios Aura Edwin —volvió a hablar la mujer del principio—. Fin de la transmisión.
Si alguna vez los Alphas hablaban, se transmitía por todo el edificio, se mostraban las imágenes en pantalla, para que todos se enteraran. En la sala aún estaban todos quietos, el juez no se lo podía creer. En la mesa de enfrente de Aura apareció una medalla de oro con su nombre detrás, una de esas solo había visto en un par de ocasiones a algunos del rango Diamante, no se imaginaba que ella recibiría una, aunque aspiraba a ella, no imaginaba tenerla tan pronto.
—Quedas libre de todos los cargos —dijo el juez rendido dando el golpe con el martillo.

Aura se puso la medalla. Llevaba dos años en Dark Light y sabía muy poco sobre los Alphas, solo sabía que hablaban muy rara vez y debías sentirte honrado de poder escucharles, además, era la primera vez que ellos mismos entregaban una medalla "personalmente".
Parecía que las cosas estaban a su favor.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Dark Light 4

Capitulo 4
Venganza

Hacía frío, la madera de las paredes crujía con la fuerza del viento. Estaba en un refugio, en alguna montaña, Aura había aparecido allí sola y no tenía ni idea de dónde estaba exactamente. Había una puerta, que seguramente estaba cerrada, por si acaso lo comprobó, y sí que estaba bien cerrada. Obvio ¿quién secuestraría a una persona y dejaría la puerta abierta? También había una ventana en un lado, las cortinas estaban echadas y parecía ser que tapaban el sol. No habría sido buena idea intentar comprobar si las ventanas estaba abiertas... Por el resto, la habitación era cuadrada, pequeña, no tenía muebles, solo tenía esposas colgando de la pared, esposas con la marca de Dark Light y muchas manchas de sangre seca por todo el suelo. No había nadie allí, ni se oía ningún ruido a parte del viento. Estaba sola, pero no por mucho tiempo.
Menos de un minuto tres personas la rodearon, pero ¿eran personas humanas?. Dos de ellos la habían cogido cada uno por un brazo.
—Ni te molestes en intentar escapar —decía uno.
—No puedes hacer nada contra nosotros vampiresa.
Alexter estaba en frente suya, observándola atentamente, entonces dijo:
—Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que nos vimos. ¿Verdad Aura?
— ¿Cómo sabes mi nombre?
—Hay muchos más espías con vosotros de los que creéis. Además yo no me olvidaría de ti. La única que ha sobrevivido. Y no me hubiera imaginado que te ibas a poner contra mí...
— ¿Y qué te esperabas? ¡Me arruinaste la vida! Asqueroso cap...
Se lanzó hacia adelante, si los otros dos no hubieran sido más fuertes que ella, le habría destrozado la cara a Alexter.
— Yo lo llamaría mejorar, pensaba que después de dos años te darías cuenta de las ventajas que tiene ser un vampiro. Deberías agradecérmelo.
— ¿Agradecértelo? ¡Cómo te coja te mato! —amenazó.
—Yo que tú ni lo intentaría —se rió—. No tienes ninguna posibilidad contra mi querida —se le acercó y le acarició la mejilla mientras sonreía—. Si te portas bien podremos hacer un trato. Los dos saldremos beneficiados de este... agradable encuentro.
Eso era surrealista. La había secuestrado y quería hacer un trato con ella. Ella estaba allí sin poder hacer nada, pero Alexter sonreía y la miraba, como si se tratara de una reunión pacífica. Pero, teniendo en cuenta quién era él, eso debía ser perfectamente normal para él.
— ¡Antes muerta que hacer un trato contigo! Ah, que no, que tu ya me has matado una vez. Mira que bien... —dijo con sarcasmo.
—Quiero que te unas a mi Aura, aquí tienes muchas más oportunidades y no hay ninguna regla. Puedes hacer lo que quieras sin estar bajo el mando de nadie. Solo te pido una cosa, que después seas fiel y que me cuentes todo lo que sabes de Dark Light, igual que muchos de tus antiguos compañeros lo han hecho.
— ¡Vete al infierno!
Aura se negó rotundamente, no iba a abandonarlos a todos y menos por alguien como él. 
—Cómo quieras, ya cambiarás de opinión. Aunque esperaba que no fuera por las malas... En fin... —miró a sus dos secuaces—. Adelante, que ceda.
Alexter dio la orden y se desvaneció. Solo quedaron ellos tres en la habitación.
—Que anillo más bonito —dijo en tono irónico el que la tenía agarrada por el brazo izquierdo.
Le sacó el anillo del dedo y lo aplastó, dejándolo completamente destrozado. Si antes había alguna posibilidad de que buscaran su señal, ahora estaba perdida.
—Y mira que armamento Cesar. Es del bueno, aunque algo simple. ¿Rango bronce?
Le guitó el cinturón, lleno de cuchillos, con las esposas, con el transmisor, que se aseguró de destrozar también, munición para las armas...  Lo tiró todo a un rincón.
—Hoy hace un día espléndido, deberíamos abrir las cortinas ¿verdad Rick? —soltaron a Aura y se dirigieron a la ventana, abrieron las cortinas.
La habitación quedó dividida en dos por un haz de luz, Rick y Cesar quedaron en un lado, y Aura retrocedió hasta la pared en el suyo. Ellos dos no debían de ser vampiros, la luz no les afectaba nada. Aura, hacía algún tiempo, había descubierto lo que era capaz de hacerle la luz del sol, aunque solo fuera por unos segundos de exposición.
Se acercaron a ella de nuevo, intuía lo que iban a hacer. 
—No, no, no, no, no, no... —decía mientras seguía retrocediendo hacia una esquina, pero ya no tenía a dónde ir.
—Vamos Aura —decía Rick mientras la cogía de una mano.
—La luz de sol tiene vitamina D —Cesar la cogía de la otra y entre los dos la arrastraban—. Es muy buena para la salud. ¿Nunca te lo dijo tu madre?
Ella se retorcía e intentaba librarse de ellos, pero no podía hacer nada, sus manos se quemaban mientras ella gritaba.

*   *   *

Cinco horas, ni una más ni una menos. Aura subía unas escaleras de un pasillo muy estrecho, no iba sola, Cesar y Rick iban detrás de ella, pero ella ni siquiera iba esposada, no hacía falta, si apenas podía mantener el equilibrio, pero solo necesitaba ganar tiempo para recuperarse. La puerta del final de la escalera estaba abierta, Alexter estaba de espaldas, mirando unos libros de su estantería, pero se dio la vuelta cuando entraron.
—Qué sorpresa, no pensé que aguantarías tanto —dijo con toda su sinceridad.
La obligaron a sentarse en un sillón, había varios y muy lujosos (a su parecer). También había una chimenea de leña encendida, la estantería llena de libros sobre criaturas mágicas. Una mesa, alejada de ella, con armamentos de Dark Light. En la pared antiguas armas para matar vampiros, cruces de hierro con punta muy afilada, hachas viejas pero con un buen filo, estacas de madera, flechas y arcos, frascos con agua bendita... Había una ventana, pero estaba cerrada y tenía persianas. Alexter la miró durante un momento.
— Vosotros podéis iros —indicó Alexter.
Cesar y Rick se marcharon, Alexter cerró la puerta con llave. Aura ni se movió, seguía sentada mirando al suelo. Las manos quemadas se estaban ya curando, pero todavía tenía moretones, heridas, cortes que aún sangraban, tal vez la sangre ya no corriera por sus venas como cuando estaba viva, pero seguía allí, de una forma diferente. Todavía estaba temblando. Ella nunca había visto películas antiguas de vampiros, pero había aprendido una nueva lección, el agua bendita no era nada buena. Alexter se sentó en frente suya.
—Tú, estabas con Dark Light ¿verdad? —consiguió decir Aura.
—No querida, yo fui uno de los creadores de Dark Light.
— ¿Qué? —Aura levantó la mirada.
—Que yo fui uno de los 10 que crearon Dark Light, pero todos tenían ideas diferentes a las mías. Buscaban la paz entre todos nosotros y no dañar a la raza humana. Yo no.
—Y te separaste...
—Y me separé. ¿Y tú Aura? ¿De qué lado estás? No mientas.
—Yo, del de Dark Light y no me harás cambiar de opinión.
En realidad, ella ni siquiera les había dicho a Cesar y Rick que se rendía. No había accedido aún a hablar con Alexter. Nunca había tenido la menor intención de traicionar a Dark Light, ni la tendría.
—Qué pena —se había movido, estaba a su lado, ni lo había visto—. Yo quería que estuvieras conmigo, podríamos haber hecho grandes cosas juntos.
—En tus sueños.
—Yo ya no sueño. Ahora mismo debería matarte ¿lo sabes?
Aura se encogió de hombros.
—Pero te propongo otra cosa. Sé que hay una entrada para el sótano 2, una entrada a pie, sin detectores cuando te desvaneces. Se lo que ocultan allí, pero no como entrar ni salir. Dime dónde está y acabaré con tu sufrimiento, te dejaré morir, será rápido. Y si no, bueno... Dejaré que Cesar y Rick acaben contigo muy lentamente.
—No sé de que hablas —dijo Aura, y era verdad.
—Cuanto lo siento por ti, si cambias de opinión, solo dilo —la agarró de las manos y sacó unas esposas.
Si Aura tenía alguna habilidad muy buena y útil, era la agilidad de las manos. Se adelantó y se esposó a sí misma la mano derecha y a Alexter la mano izquierda.
— ¿Pero... qué demonios haces? —Alexter tiró de ella y se levantó involuntariamente, aunque todavía estaba débil y las fuerzas le fallaban. Cayó al suelo. Él sacó un cuchillo, la agarró y se lo puso en el cuello—. Suéltame.
— ¿O qué? ¿Vas a matarme? Hazlo y quedarás esposado a mí para siempre.
Ni siquiera intentó deshacerse del cuchillo que tenía en el cuello, ni cuando notó que este ya le estaba cortando con la presión.
— ¿Qué pretendes?
—Yo no pretendo nada. Pero ya que quieres matarme, otra vez, te incordiaré tanto como pueda.
—Si hace falta, te cortaré el brazo —la amenazó.
Aura se rió. Se rió de verdad, pero fue tan exagerado que hasta Alexter tembló.
—Pero no serás capaz de cortarte el tuyo.
Alexter dejó el cuchillo de plata en el suelo, la arrastró hacia la mesa, aunque Aura también tiraba de él para intentar detenerlo. Después de varios forcejeos Aura acabó con el brazo inmovilizado encima de la mesa y con el otro a un lado.
—Lo que has hecho ha sido un gran error Aura —cogió una hacha de mano y la levantó—. Lo siento cariño, cuanto menos te muevas mejor.
Aura gritó, una vez más. Quería detenerlo, pero Alexter no dudó ni un momento, ya lo había hecho. Siguió gritando mientras Alexter se deshacía de su mano, ahora solo quedaba liberar las esposas de su propia mano. Se dio la vuelta, sin prestar atención a los gritos y lamentos de Aura.

Había mucha sangre, ella retrocedió hasta golpearse contra la pared. Dio tal golpe, que algunas de las cosas que había en la pared cayeron al suelo. Aura se levantó, sin dejar de sangrar, cogió una cruz del suelo. Era un poco más grande que su mano, de color marrón brillante, con un cuchillo en la punta y el relieve de Jesús crucificado. Caminó despacio hacia él, tambaleándose con cada paso, cuando estuvo muy cerca, se tiró sobre él. Rodaron por el suelo, entre los dos consiguieron tirar al suelo el bidón de gasolina que había junto a la chimenea, empapando toda la alfombra y a si mismos. Alexter intentó detenerla, casi lo consiguió al empujar a Aura hacia el fuego, pero las ganas de vengarse de Aura le había dado fuerzas. Le empujó hasta quitárselo de encima, Alexter quedó al otro lado de la habitación, había hecho caer varios libros. Aura volvió al ataque, recordó la prueba psicológica que le habían hecho cuando llegó a Dark Light, entonces no lo dudó. Ni cuando observó la mirada de miedo de Alexter. Le clavó la cruz en el corazón. 

miércoles, 15 de octubre de 2014

Dark Light 3

Capitulo 3
Secuestro

—Enhorabuena, has atrapado a tu primer fugitivo en menos de —Leandra miró su reloj, eran las dos de la mañana— tres horas. Oficialmente, te nombramos nueva miembro de Dark Light.
A continuación le dio la insignia. Aura la cogió y la miró atentamente en su mano. Tenía forma cuadrada  y era de color azul, pero el borde y las letras eran plateadas.
—Gracias.
—Enhorabuena —dijo la chica que la había perseguido antes, y que descubrió que se llamaba Karen—. Interesante eh...Técnica.
—En mi opinión muy buena, muy original —dijo su compañero, Néstor—. Si mal no recuerdo, tú en cuanto divisaste a tu objetivo lo perseguiste durante horas, hasta que se cansó de correr y se rindió.
—Si —reconoció Karen un poco avergonzada—. Pero le atrapé.
—Bueno, ahora empieza la visita guiada de Edgar por el edificio. Disfruta y... Bienvenida a Dark Light.
Leandra, Néstor y Karen se desvanecieron. Dejando solos a Edgar y Aura. Él no esperó ni un segundo antes de comenzar sus explicaciones, se sabía el discurso de la primera visita de memoria, lo había hecho muchas veces.
—Este es el departamento del equipo G87, es decir Leandra y yo. Sirve para cualquier cosa, si pulsas este botón —señaló un botón verde del mando de la pared— se cierran puertas y ventanas, es como un refugio. Si pulsas el rojo das la alarma, el azul es para hacer un anuncio en todo el edificio. Como ya has visto, parece una sala de descanso, pero desde aquí se puede vigilar —señaló la mesa del final, llena de pantallas y micrófonos—. Y detrás de esa pared hay armas. Esto es lo básico que puedes encontrar en cualquier habitación, claro que hay quien se la personaliza. Sígueme.
Edgar abrió la puerta y los dos salieron.
Era la primera vez que salía al pasillo, había muchísima luz, los suelo eran blancos y estaban pulidos, las paredes metalizadas, con pantallas electrónicas divididas estratégicamente. Había gente yendo de aquí para allá y muchas, muchísimas puertas. Al final del pasillo había un ascensor y varias personas esperando, Edgar y Aura entraron y las puertas se cerraron. Sin que este se moviera ni arriba ni abajo, volvieron a abrirse y se encontraron en otro pasillo.
—Esto es un medio de transporte por el edificio para los que no saben desvanecerse —salieron, justo en frente había un mapa—. Estamos en la vigésimo séptima planta, sector K. Como puedes ver hay 37 plantas en este edificio, azotea y 2 sótanos. Están divididos en sectores, de la A, a la M, por ahora... En las primeras 20 plantas están los departamentos de todos los equipos. En el sótano dos están las celdas, según las especies se les distribuye en un sector. En el sótano uno está las salas de interrogatorios y celdas temporales. En la azotea hay aviones, helicópteros y otros medios de transporte Planta 21, una especie de cafetería, te sirven absolutamente todo lo que pidas: todo, todo, todo, todo...
—Ya, ya lo he pillado —dijo Aura.
—Las siguientes, de la 22 a la 27 son salas de entrenamiento, según tu nivel. La 28 es donde se fabrican la mayoría de las armas, los magos les dan un toque mágico y ya están listas. La 29 es para las reuniones. La 30 es desde donde se maneja todo, la seguridad y la electricidad, todo el sistema de Dark Light se centra en esa planta. Las siguientes seis están restringidas, ni siquiera yo sé que se tratan, pero dicen que en una de ellas están los creadores, los Alpha, y en alguna otra hacen experimentos. Y esta —señaló el lugar en el que se encontraban en el mapa— es una planta de entrenamientos para novatos. Hay de todo, y puedes entrenar de todas las formas posibles. Desde acrobacias, manejo de armas, lucha cuerpo a cuerpo... Hay hasta simulación virtual, donde pones a prueba tus dotes y donde se hace la prueba para pasar el primer rango. Pero antes tienes que hacer un numero determinado de misiones con éxito. ¿Preguntas?
— ¿Y el sector donde aprender a teletransportarte?
—No importa, no podrás entrar ahí hasta el año que viene, son las normas. Las siguientes son lo mismo de antes, pero con mayor nivel de dificultad, y bien... ¿Por dónde quieres empezar?

Durante la primera semana Aura se dedicó solo a entrenar en las distintas categorías, aprendía muy rápido. Ya tenía la mejor puntería posible, consiguió desarrollar muy bien su velocidad y su agilidad, había mejorado mucho con la simulación virtual (en la que trabajaban por equipos, era como un juego). Y lo que más le gustaba a ella, las acrobacias. Al principio le sonaba un poco estúpido, pero eran muy útiles, había aprendido a saltar desde alturas muy altas y a aterrizar correctamente perder tiempo y lo mismo al revés. También a hacer volteretas inversas, que eran una buena forma para librarse de enemigos si te quedabas atrapado. Siendo vampiro, con más agilidad, fuerza y rapidez esa era la categoría que mejor se le daba.
Aunque el entrenamiento era lo que más odiaba Aura, le parecía aburrido, pero era el camino para llegar a lo más alto. Aunque en su caso, llegar a lo más alto no era una prioridad, teniendo en cuenta las circunstancias con las que había llegado allí. Lo único que quería era un lugar en el que poder estar...
Había varios rangos, el Alpha, rango supremo, no había nadie que pudiera alcanzar ese rango, allí solo estaban los creadores de la organización. El anterior era el rango Diamante, cuando uno podía tomar sus propias decisiones, sin consultar a nadie, y tener su propio escuadrón, ser el que encarga misiones a los rangos inferiores. Luego venían el Esmeralda, Rubí, Zafiro y Perla, que eran casi lo mismo. El rango de Oro, en ese punto se podían formar brigadas para misiones importantes. El rango de Plata, en ese estaban Leandra y Edgar, equipos para misiones. Rango de Bronce, ya se tenía algo de libertad, excepto si uno era reclutado para un escuadrón superior. Y el rango de Aura, Principiantes, solo podía atenerse a las órdenes de sus superiores y apenas se participaba en misiones, hasta que se hacía la prueba para demostrar las habilidades y pasar al Bronce. Y eso era lo único que podría hacer de momento. Practicar, practicar y practicar... 

*   *   *

Dos años después.

— ¡Qué no escape! —gritó Karen mientras seguía corriendo detrás de él, ese traidor.
— ¡No escapará! Antes tengo que matarle —gritó Sally.
Era una chica de menos edad que Aura, un elfo. Comenzó a correr más rápido y en cuanto vio a su objetivo, se desvaneció e intentó situarse tan cerca de él como le fue posible.
— ¡Ven aquí asqueroso traidor! —le gritó ella.
Era medianoche en Berlín, por suerte pudieron localizar el lugar dónde fue él, si no, lo hubieran perdido.
— ¡Dispara Néstor! —gritó Aura, era la que estaba más cerca del traidor, Galileo.
Néstor estaba situado encima de un edificio, apuntando hacia ellos, pero sin disparar aún, esperando tener un blanco perfecto. No quería darle a Sally sin querer. Ella se movía muy rápido, varias veces había conseguido agarrar a Galileo, pero él se desvanecía en el último segundo. Aunque no podía ir muy lejos, ya que tenía una mano atrapada con unas esposas que Sally le había puesto.
— ¡Ya! —insistió Aura.
—Lanzador: Listo. Sistema de munición: Listo. Fuego: rápido.
No podía dispararle directamente sin darle a otra persona, le cortó el paso por delante con una ráfaga. Galileo tuvo que dar la vuelta, pero tenía a Aura justo ahí. Intentó esquivarla, pero en ese momento aparecieron Karen y Sally. Sally se tiró encima de Galileo, le pegó un puñetazo y le dejó tirado en el suelo.  Néstor se desvaneció y apareció en el momento justo para verlo, guardó su arma y dijo:
—Nunca te había visto así Sally... Bueno, será mejor no arriesgarnos —Néstor se encargo de ponerle las esposas esa vez.
—Y yo no le veía a él como un asqueroso traidor —dijo. Miró a Galileo con desprecio—. Vamos Aura.
Todos se desvanecieron, Aura con Sally, pues aún no dominaba la técnica. Ya había alcanzado el rango bronce, y estaba en prácticas en el equipo de Sally y Galileo. Pero ahora el equipo estaba disuelto, Galileo pasaba información de Dark Light a todos los enemigos, de todas las especies, por lo que habían conseguido liberar a algunos presos. Les habían robado armamento y municiones, tenían planos de algunos sectores del edificio... Pero después del interrogatorio delante del espejo, su sentencia iba a ser la cadena perpetua, alguien como él no era digno de la muerte. El castigo siempre era la cárcel, normalmente eterna para quien no podía morir.
Después del interrogatorio, todos merecieron un descanso.
 Sally y Aura iban a entrar en el ascensor, pero Sally la paró.
—Creo que deberías practicar más. 
— ¿Ahora? Venga ya, no me siento con ganas de practicar...
—Sé que eres rápida, pero ya has visto que no puedes fiarte siempre solo de eso. Incluso en las persecuciones, necesitas desvanecerte para acercarte a tu enemigo o alejarte de él, y tienes que dominar la técnica para las distancias cortas.
—Me acabaré perdiendo, no me fío de mi misma.
—Vamos, que llevas un año ya, tampoco te puedes desviar tanto. Solo procura no pensar en otros lugares, solo en tu destino. Vamos al departamento a la de tres. ¿Preparada?
Aura asintió, Sally contó hasta tres y... Desaparecieron del pasillo, Sally llegó al departamento, pero la mente de Aura estaba en otra parte en el momento de desvanecerse. Acabó en una calle de su antigua ciudad. Maldijo en voz baja, no estaba pensando en el departamento y se había equivocado de sitio. Podría arriesgarse otra vez e intentar volver sola, pero siempre podía pedirle ayuda a Sally para volver, todavía tenía el anillo que le habían dado hacía dos años, ahora conectado con su nueva superior.
No tuvo tiempo ni de pensar en ello, escuchó un susurro detrás de ella y antes de darse la vuelta para ver quién era, esa persona la arrastró consigo.
—Hace dos años que no nos vemos Aura —le dijo él.
Aura levantó la mirada para ver quién era, lo reconoció a la primera, jamás olvidaría su cara.
Alexter se desvaneció con ella, y eso era imposible, se suponía que era una técnica secreta, de Dark Light. Y por mucho que alguien la conociera, no podía enseñársela a otro fuera de las instalaciones especializadas. Pero, Alexter, por alguna razón, la conocía.

viernes, 10 de octubre de 2014

Hadas de tiza

Adriana era una niña de 8 años algo solitaria. El trabajo de su padre los obligaba a mudarse continuamente, aquel año era la segunda vez. Por esa razón, Adriana no solía hacer muchos amigos. La verdad era que, algunos amigos sí que habían tenido, pero casi siempre se tenía que despedir de ellos cuando por fin llegaba a estrechar lazos. Algunas veces, Adriana pasaba de todo, ya le daba igual hacer amigos o no. Si total, en menos de seis meses acabaría marchándose otra vez.
Era noviembre, estaba a punto de llegar el invierno y aunque en la nueva ciudad de Adriana no nevaba, sí que hacía mucho frío.
Era jueves, volvía a su casa por el camino de siempre, sola. Se había aprendido la ruta y las calles cercanas muy rápido, por lo que su madre confió en ella y la dejaba volver sola a casa. Eran las cinco y diez minutos, algunos niños que cogían el mismo camino que ella ya la habían adelantado, o se habían quedado atrás, o habían girado en alguna esquina. Adriana acabó teniendo la calle desierta solo para ella, pero eso no importaba.
El viento soplaba fuerte, Adriana se frotó las manos para entrar en calor. Tenía una chaqueta gruesa que la protegía del frío, pero no llevaba guantes. Metió las manos en los bolsillos.
Oyó un sonido detrás de ella, un golpe, como algo cayendo al suelo. Pensó que tal vez se le había abierto la mochila y había perdido algo, pero lo comprobó y vio que no era así. Se dio la vuelta y miró a su alrededor. Dos o tres metros más atrás, había una casa que tenía un gran árbol en el jardín, del que habían caído tantas hojas marrones que había llenado la mitad de la calle. Fue hacia ese sitio, pensando que a lo mejor había caído algo pesado del árbol.
Entre las hojas secas vio algo de color rosa y azul, cuando se acercó más vio que era una caja. "TIZAS MÁGICAS" Eso era lo que ponía, desde luego no eran suyas. Volvió a mirar a su alrededor, pensando que a lo mejor se le había caído a otro niño, corrió hacia la esquina para ver si alguien había girado por ahí. Pero no había nadie, hacía varios minutos que no había nadie.
Se encogió de hombros y guardó la caja de tizas en su bolsillo. Si hubiera habido alguien, algún propietario, se la hubiera devuelto, pero no había nadie. Nadie echaría de menos esa caja de tizas. Volvió a emprender la marcha hacia su casa. Cuando llegó, dejó la chaqueta en el perchero olvidándose por completo de las tizas.

*   *   *

Se sentó en el patio a un lado de la pista de fútbol. En ese momento solo había un par de chicos jugando, pero solo en un lado de la pista, por lo que suponía que no recibiría ningún balonazo repentino.
Eran solo las once de la mañana y hacía muchísimo frío, además no había sol. Pero los profesores no dejaban que los alumnos se quedaran por los pasillos, a no ser que lloviera. Cuando acabó con su almuerzo, lanzó la bola de plata hacia la papelera, pero no acertó. No se molestó en levantarse a recogerla, de todas formas el patio estaba lleno de bolas y papeles. Cuando metió las manos en los bolsillos, recordó que tenía ahí las tizas, las sacó y las miró.
Eran 10, dos de cada color. Verde, rojo, azul, amarillo y violeta. Le dio la vuelta a la caja, había un mensaje escrito.

<<TIZAS MÁGICAS
INSTRUCCIONES:
-Coge la tiza que más te guste.
-Pinta con ella lo que te apetezca.
-Si tienes mucha suerte el dibujo se hará realidad
-Diviértete>>.

Adriana se echó a reír por la tontería que acababa de leer. La caja no tenía ninguna marca impresa, a saberse quién había hecho esa caja. La abrió y cogió la primera tiza, de color rojo. Pintó con ella un gatito en el suelo de la pista de fútbol. Imaginaba que ninguno de los profesores se enfadaría por eso.
Empezó a sacar más tizas y a dibujar cosas más variadas. Un perrito azul, flores, un sol con gafas de sol verdes. Frutas, árboles, un arcoíris... Hasta que una de las niñas de su clase se acercó a ella.
—Hola... —saludó algo tímido—. ¿Qué haces?
—Dibujo.
—Ah... Parece divertido.
Adriana la miró, tardó en recordar cómo se llamaba. Amanda. Miró la tiza amarilla que tenía en la mano.
— ¿Quieres...?
—Claro.
Adriana le dio la tiza a Amanda. Las dos siguieron dibujando hasta que sonó el timbre. Cuando volvían hacia su clase, Adriana juraría haber oído a un gatito maullar, pero no se molestó en darse la vuelta para mirar.
A las cinco volvió a casa, pero ese viernes, se distrajo mucho más por el camino. Se paraba cada pocos segundos a pintar en las paredes, o en la acera. Más de una vez alguien salía de su casa para reñirla por ensuciar las paredes, pero ella se iba corriendo y luego seguía. Incluso cuando llegó a su casa, estuvo allí un buen rato, hasta que pensó que hacía demasiado frío. Había hecho un campo de flores en la entrada de su casa y había dibujado más animales y mariposas en las paredes.
Abrió la puerta y entró.
—Ya estoy en casa.
—Por fin. Ya me estaba preocupando. ¿Cómo es que has tardado tanto?
—Me he entretenido por el camino. ¿Qué hay para merendar?
—He comprado unas gallet... ¿Por qué tienes las manos tan manchadas? Ve a lavarte, ya hablamos luego de la merienda.
Adriana le hizo caso, luego se comió la merienda y se fue a su cuarto. Estuvo un buen rato jugando a un juego de gatos en su ordenador porque, había que decirlo, a Adriana le gustaban los gatos aunque no la dejaran tener uno.
Su ordenador estaba en el escritorio y este junto a la ventana, que daba a la calle. No pudo evitar ver que algo se movía delante de su casa, pero no había ninguna persona. Nos dibujos seguían ahí, las flores se movían con el viento. Parpadeó y se frotó los ojos ¿se movían con el viento?
No veía mucho a causa de la puerta, que estaba cerrada, así que bajó corriendo las escaleras y salió a la calle. No pudo creer lo que vieron sus ojos. Había flores saliendo del puro y duro cemento. Flores tan extravagantes, como solo las dibujaba ella. Por ejemplo, aquellas margaritas con las hojas violetas y los pétalos azules. Oyó un maullido a sus pies y bajó la mirada.
Había un gatito, un gatito amarillo pero su mente quería creer que era de un naranja muy claro. Se agachó y lo acarició, pero apartó la mano rápido, al ver que tenía el tacto de la tiza y le había dejado la mano con polvo amarillo. El gatito ronroneó a sus pies, luego se sentó y se limpió las patitas.
Algo apareció delante de ella, era una cara, Aitana gritó y retrocedió. No solo una cara, era un hada, del tamaño de una mano. Llevaba un vestido rosa, el pelo rizado y rubio y tenía un par de alas largas y estrechas, semi-transparentes.
—Hola —saludó—. Me llamo Kanishi.
— ¿Q...? ¿Qué?
—Bueno... Esto va a ser un poquito difícil de asimilar, pero por lo menos ya me has visto. Ahora me voy a ir, pero regresaré con un par de amigas dentro de un rato. No sabes lo que me ha costado encontrarte... En fin... Nos vemos.
El hada salió volando, Aitana se la quedó mirando boquiabierta, se quedó ahí sin hacer nada, mirando al cielo, incluso el gato se había ido. Lo siguiente que hizo, fue arrancar todas las flores del suelo y volver dentro de la casa.
Después subió a su habitación, escondió las flores de tiza debajo de su cama y respiró hondo intentando tranquilizarse. Tenía que hacer la prueba, saber si la caja de tizas decía la verdad.
Cogió la tiza verde y dibujó otra flor en la pared de su cuarto, probablemente su madre la mataría si viera lo que estaba haciendo... Se sentó en la silla de su escritorio y esperó. Esperó, esperó y esperó. Hasta que al final, vio como la flor salió de su pared y cayó al suelo.
No se podía creer lo que veían sus ojos. Pocos minutos después, tres hadas entraron por su ventana y se sentaron en su estantería. Cuando Aitana las vio, procuró no volver a gritar.
— ¿Quiénes sois? —preguntó Aitana.
—Somos hadas —contestó una de las hadas, esta con el vestido de color azul—. Yo me llamo Layen, ella es Kanishi y esta es Layen.
—Hola —Layen saludó con su diminuta mano.
—... Yo soy Aitana.
Las hadas sobrevolaron la habitación, se paraban de vez en cuando para mirar, para tocar... Todo lo que tocaban lo dejaban lleno de polvo de tiza. Layen se puso encima de la mesa y cogió la caja de tizas, al parecer pesaba mucho para ella.
—Esto... ¿Por qué lo dejáis todo lleno de polvo?
—Porque somos hadas de tiza. Es complicado pero... Teníamos esta caja de tizas en nuestro poder y... Bueno, a Kanishi se le escapó de las manos mientras volábamos por aquí. Como tú la encontraste es tuya.
A Kanishi se le había caído, pero a Layen también, al suelo de su cuarto. El hada y la caja se fueron directas a la alfombra, dejándolo todo lleno de polvo de tiza.
— ¿Y cuál es el plan?
— ¿Plan? No hay ningún plan. Solo vamos a divertirnos.
Halili sacó una tiza roja de la caja, era la segunda y solo quedaba la mitad.
— ¿Te apetece pintar algo?
Aitana cogió la tiza, la miró y sonrió. Se dio la vuelta y pintó un loro en la pared, pocos minutos después, el loro cobró vida y empezó a volar por su habitación. Dejándolo todo lleno de tiza, hasta que encontró la ventana y salió.
Probablemente su madre oyó gritar al loro, porque Aitana la oyó a ella subiendo las escaleras corriendo.
— ¡Escondeos!
Las hadas se dividieron. Kanishi se escondió entre sus muñecas, Layen se quedó parada en la estantería, Halili subió al armario.
— ¿Aitana? ¿Qué pasa ahí arriba?
Su madre abrió la puerta. Miró a Aitana con la tiza en la mano y luego miró asombrada toda la habitación. Había mucho, pero que mucho polvo de colores.
—Aitana... ¿Qué significa esto?
—Es que... Estaba jugando con unas hadas de tiza y... —sabía que su madre no la tomaría en serio.
— ¡Aitana! No pongas excusas, con las tizas se juega en la calle. Ahora mismo lo limpias todo.
—Pero...
—Ni peros ni peras. Baja.
Aitana bajó. Su madre la obligó a limpiar el polvo de todos los muebles de su cuarto y a sacudir las sábanas por la ventana hasta que fue la hora de cenar y llegó su padre. No tuvo tiempo para seguir dibujando. Las hadas necesitaban que ella siguiera dibujando, le quedaban todavía varios pedacitos de tiza, pero los tenía que consumir. Si no, ellas permanecerían siempre atadas a Aitana y tenían que recuperar la caja.

*   *   *

La mañana siguiente, salió al jardín, por orden expresa de su madre, para que no volviera a armar desastre en su habitación. Pintó y pintó, hasta que solo le quedó un diminuto trozo de tiza verde y algo de amarillo.
— ¿Cuál será tu último dibujo? Este se hará permanente y real cuando lo acabes.
—Pues... 
Con esos dos colores, solo podía hacer una cosa. Otra flor, una margarita amarilla. Se arañó los dedos cuando pasó la tiza por la pared, ya que era demasiado pequeña. Pero consiguió hacer la flor y esta salió del dibujo mucho antes que los otros dibujos.
Halili cogió la caja de tizas vacía. Tuvo la tentación de soplar dentro, por lo que todo el polvo fue hacia su cara y empezó a toser.
—Bueno. Ahora nos tenemos que ir —dijo Kanishi.
— ¿Cómo? ¿Ya os vais?
—No podemos quedarnos una vez se han gastado las tizas.
—Puedes pedir un deseo —dijo Layen—. Nosotras lo cumpliremos. Pero no puedes pedir más tizas ni que nos quedemos.
—Pero... Pero...
—Date prisa, o nos marcharemos antes de cumplirlo.
Aitana pensó rápido.
—Deseo...
Sonó el timbre, su madre fue a ver quién era. Luego llamó a Aitana.
—Aitana. Te busca una amiga, dice que se llama Amanda.
—Deseo que no nos volvamos a mudar.
—Concedido. Hasta la próxima.
— ¿Habrá una próxima?
—Desde luego que sí —afirmó Kanishi—. ¡Adiós!
Salieron volando hacia el cielo y desaparecieron entre las nubes. Justo en ese momento, la madre de Aitana acompañaba a Amanda a la parte trasera del jardín.
—Hola... ¿Qué haces?
—Iba a plantar esta margarita.
Las hadas de tiza, iban a ser su pequeño secreto.
—Ah... Parece divertido.
— ¿Quieres que lo hagamos juntas?
—Claro.
Amanda sonrió. Se gachó junto a Aitana, que estaba recogiendo la margarita salida de su último dibujo, mientras se preguntaba si conseguiría plantarla y hacer que sobreviviera. Si lo hacía, sería la primera flor de su nueva y definitiva casa.

¿Fin?
Sí.