viernes, 10 de octubre de 2014

Hadas de tiza

Adriana era una niña de 8 años algo solitaria. El trabajo de su padre los obligaba a mudarse continuamente, aquel año era la segunda vez. Por esa razón, Adriana no solía hacer muchos amigos. La verdad era que, algunos amigos sí que habían tenido, pero casi siempre se tenía que despedir de ellos cuando por fin llegaba a estrechar lazos. Algunas veces, Adriana pasaba de todo, ya le daba igual hacer amigos o no. Si total, en menos de seis meses acabaría marchándose otra vez.
Era noviembre, estaba a punto de llegar el invierno y aunque en la nueva ciudad de Adriana no nevaba, sí que hacía mucho frío.
Era jueves, volvía a su casa por el camino de siempre, sola. Se había aprendido la ruta y las calles cercanas muy rápido, por lo que su madre confió en ella y la dejaba volver sola a casa. Eran las cinco y diez minutos, algunos niños que cogían el mismo camino que ella ya la habían adelantado, o se habían quedado atrás, o habían girado en alguna esquina. Adriana acabó teniendo la calle desierta solo para ella, pero eso no importaba.
El viento soplaba fuerte, Adriana se frotó las manos para entrar en calor. Tenía una chaqueta gruesa que la protegía del frío, pero no llevaba guantes. Metió las manos en los bolsillos.
Oyó un sonido detrás de ella, un golpe, como algo cayendo al suelo. Pensó que tal vez se le había abierto la mochila y había perdido algo, pero lo comprobó y vio que no era así. Se dio la vuelta y miró a su alrededor. Dos o tres metros más atrás, había una casa que tenía un gran árbol en el jardín, del que habían caído tantas hojas marrones que había llenado la mitad de la calle. Fue hacia ese sitio, pensando que a lo mejor había caído algo pesado del árbol.
Entre las hojas secas vio algo de color rosa y azul, cuando se acercó más vio que era una caja. "TIZAS MÁGICAS" Eso era lo que ponía, desde luego no eran suyas. Volvió a mirar a su alrededor, pensando que a lo mejor se le había caído a otro niño, corrió hacia la esquina para ver si alguien había girado por ahí. Pero no había nadie, hacía varios minutos que no había nadie.
Se encogió de hombros y guardó la caja de tizas en su bolsillo. Si hubiera habido alguien, algún propietario, se la hubiera devuelto, pero no había nadie. Nadie echaría de menos esa caja de tizas. Volvió a emprender la marcha hacia su casa. Cuando llegó, dejó la chaqueta en el perchero olvidándose por completo de las tizas.

*   *   *

Se sentó en el patio a un lado de la pista de fútbol. En ese momento solo había un par de chicos jugando, pero solo en un lado de la pista, por lo que suponía que no recibiría ningún balonazo repentino.
Eran solo las once de la mañana y hacía muchísimo frío, además no había sol. Pero los profesores no dejaban que los alumnos se quedaran por los pasillos, a no ser que lloviera. Cuando acabó con su almuerzo, lanzó la bola de plata hacia la papelera, pero no acertó. No se molestó en levantarse a recogerla, de todas formas el patio estaba lleno de bolas y papeles. Cuando metió las manos en los bolsillos, recordó que tenía ahí las tizas, las sacó y las miró.
Eran 10, dos de cada color. Verde, rojo, azul, amarillo y violeta. Le dio la vuelta a la caja, había un mensaje escrito.

<<TIZAS MÁGICAS
INSTRUCCIONES:
-Coge la tiza que más te guste.
-Pinta con ella lo que te apetezca.
-Si tienes mucha suerte el dibujo se hará realidad
-Diviértete>>.

Adriana se echó a reír por la tontería que acababa de leer. La caja no tenía ninguna marca impresa, a saberse quién había hecho esa caja. La abrió y cogió la primera tiza, de color rojo. Pintó con ella un gatito en el suelo de la pista de fútbol. Imaginaba que ninguno de los profesores se enfadaría por eso.
Empezó a sacar más tizas y a dibujar cosas más variadas. Un perrito azul, flores, un sol con gafas de sol verdes. Frutas, árboles, un arcoíris... Hasta que una de las niñas de su clase se acercó a ella.
—Hola... —saludó algo tímido—. ¿Qué haces?
—Dibujo.
—Ah... Parece divertido.
Adriana la miró, tardó en recordar cómo se llamaba. Amanda. Miró la tiza amarilla que tenía en la mano.
— ¿Quieres...?
—Claro.
Adriana le dio la tiza a Amanda. Las dos siguieron dibujando hasta que sonó el timbre. Cuando volvían hacia su clase, Adriana juraría haber oído a un gatito maullar, pero no se molestó en darse la vuelta para mirar.
A las cinco volvió a casa, pero ese viernes, se distrajo mucho más por el camino. Se paraba cada pocos segundos a pintar en las paredes, o en la acera. Más de una vez alguien salía de su casa para reñirla por ensuciar las paredes, pero ella se iba corriendo y luego seguía. Incluso cuando llegó a su casa, estuvo allí un buen rato, hasta que pensó que hacía demasiado frío. Había hecho un campo de flores en la entrada de su casa y había dibujado más animales y mariposas en las paredes.
Abrió la puerta y entró.
—Ya estoy en casa.
—Por fin. Ya me estaba preocupando. ¿Cómo es que has tardado tanto?
—Me he entretenido por el camino. ¿Qué hay para merendar?
—He comprado unas gallet... ¿Por qué tienes las manos tan manchadas? Ve a lavarte, ya hablamos luego de la merienda.
Adriana le hizo caso, luego se comió la merienda y se fue a su cuarto. Estuvo un buen rato jugando a un juego de gatos en su ordenador porque, había que decirlo, a Adriana le gustaban los gatos aunque no la dejaran tener uno.
Su ordenador estaba en el escritorio y este junto a la ventana, que daba a la calle. No pudo evitar ver que algo se movía delante de su casa, pero no había ninguna persona. Nos dibujos seguían ahí, las flores se movían con el viento. Parpadeó y se frotó los ojos ¿se movían con el viento?
No veía mucho a causa de la puerta, que estaba cerrada, así que bajó corriendo las escaleras y salió a la calle. No pudo creer lo que vieron sus ojos. Había flores saliendo del puro y duro cemento. Flores tan extravagantes, como solo las dibujaba ella. Por ejemplo, aquellas margaritas con las hojas violetas y los pétalos azules. Oyó un maullido a sus pies y bajó la mirada.
Había un gatito, un gatito amarillo pero su mente quería creer que era de un naranja muy claro. Se agachó y lo acarició, pero apartó la mano rápido, al ver que tenía el tacto de la tiza y le había dejado la mano con polvo amarillo. El gatito ronroneó a sus pies, luego se sentó y se limpió las patitas.
Algo apareció delante de ella, era una cara, Aitana gritó y retrocedió. No solo una cara, era un hada, del tamaño de una mano. Llevaba un vestido rosa, el pelo rizado y rubio y tenía un par de alas largas y estrechas, semi-transparentes.
—Hola —saludó—. Me llamo Kanishi.
— ¿Q...? ¿Qué?
—Bueno... Esto va a ser un poquito difícil de asimilar, pero por lo menos ya me has visto. Ahora me voy a ir, pero regresaré con un par de amigas dentro de un rato. No sabes lo que me ha costado encontrarte... En fin... Nos vemos.
El hada salió volando, Aitana se la quedó mirando boquiabierta, se quedó ahí sin hacer nada, mirando al cielo, incluso el gato se había ido. Lo siguiente que hizo, fue arrancar todas las flores del suelo y volver dentro de la casa.
Después subió a su habitación, escondió las flores de tiza debajo de su cama y respiró hondo intentando tranquilizarse. Tenía que hacer la prueba, saber si la caja de tizas decía la verdad.
Cogió la tiza verde y dibujó otra flor en la pared de su cuarto, probablemente su madre la mataría si viera lo que estaba haciendo... Se sentó en la silla de su escritorio y esperó. Esperó, esperó y esperó. Hasta que al final, vio como la flor salió de su pared y cayó al suelo.
No se podía creer lo que veían sus ojos. Pocos minutos después, tres hadas entraron por su ventana y se sentaron en su estantería. Cuando Aitana las vio, procuró no volver a gritar.
— ¿Quiénes sois? —preguntó Aitana.
—Somos hadas —contestó una de las hadas, esta con el vestido de color azul—. Yo me llamo Layen, ella es Kanishi y esta es Layen.
—Hola —Layen saludó con su diminuta mano.
—... Yo soy Aitana.
Las hadas sobrevolaron la habitación, se paraban de vez en cuando para mirar, para tocar... Todo lo que tocaban lo dejaban lleno de polvo de tiza. Layen se puso encima de la mesa y cogió la caja de tizas, al parecer pesaba mucho para ella.
—Esto... ¿Por qué lo dejáis todo lleno de polvo?
—Porque somos hadas de tiza. Es complicado pero... Teníamos esta caja de tizas en nuestro poder y... Bueno, a Kanishi se le escapó de las manos mientras volábamos por aquí. Como tú la encontraste es tuya.
A Kanishi se le había caído, pero a Layen también, al suelo de su cuarto. El hada y la caja se fueron directas a la alfombra, dejándolo todo lleno de polvo de tiza.
— ¿Y cuál es el plan?
— ¿Plan? No hay ningún plan. Solo vamos a divertirnos.
Halili sacó una tiza roja de la caja, era la segunda y solo quedaba la mitad.
— ¿Te apetece pintar algo?
Aitana cogió la tiza, la miró y sonrió. Se dio la vuelta y pintó un loro en la pared, pocos minutos después, el loro cobró vida y empezó a volar por su habitación. Dejándolo todo lleno de tiza, hasta que encontró la ventana y salió.
Probablemente su madre oyó gritar al loro, porque Aitana la oyó a ella subiendo las escaleras corriendo.
— ¡Escondeos!
Las hadas se dividieron. Kanishi se escondió entre sus muñecas, Layen se quedó parada en la estantería, Halili subió al armario.
— ¿Aitana? ¿Qué pasa ahí arriba?
Su madre abrió la puerta. Miró a Aitana con la tiza en la mano y luego miró asombrada toda la habitación. Había mucho, pero que mucho polvo de colores.
—Aitana... ¿Qué significa esto?
—Es que... Estaba jugando con unas hadas de tiza y... —sabía que su madre no la tomaría en serio.
— ¡Aitana! No pongas excusas, con las tizas se juega en la calle. Ahora mismo lo limpias todo.
—Pero...
—Ni peros ni peras. Baja.
Aitana bajó. Su madre la obligó a limpiar el polvo de todos los muebles de su cuarto y a sacudir las sábanas por la ventana hasta que fue la hora de cenar y llegó su padre. No tuvo tiempo para seguir dibujando. Las hadas necesitaban que ella siguiera dibujando, le quedaban todavía varios pedacitos de tiza, pero los tenía que consumir. Si no, ellas permanecerían siempre atadas a Aitana y tenían que recuperar la caja.

*   *   *

La mañana siguiente, salió al jardín, por orden expresa de su madre, para que no volviera a armar desastre en su habitación. Pintó y pintó, hasta que solo le quedó un diminuto trozo de tiza verde y algo de amarillo.
— ¿Cuál será tu último dibujo? Este se hará permanente y real cuando lo acabes.
—Pues... 
Con esos dos colores, solo podía hacer una cosa. Otra flor, una margarita amarilla. Se arañó los dedos cuando pasó la tiza por la pared, ya que era demasiado pequeña. Pero consiguió hacer la flor y esta salió del dibujo mucho antes que los otros dibujos.
Halili cogió la caja de tizas vacía. Tuvo la tentación de soplar dentro, por lo que todo el polvo fue hacia su cara y empezó a toser.
—Bueno. Ahora nos tenemos que ir —dijo Kanishi.
— ¿Cómo? ¿Ya os vais?
—No podemos quedarnos una vez se han gastado las tizas.
—Puedes pedir un deseo —dijo Layen—. Nosotras lo cumpliremos. Pero no puedes pedir más tizas ni que nos quedemos.
—Pero... Pero...
—Date prisa, o nos marcharemos antes de cumplirlo.
Aitana pensó rápido.
—Deseo...
Sonó el timbre, su madre fue a ver quién era. Luego llamó a Aitana.
—Aitana. Te busca una amiga, dice que se llama Amanda.
—Deseo que no nos volvamos a mudar.
—Concedido. Hasta la próxima.
— ¿Habrá una próxima?
—Desde luego que sí —afirmó Kanishi—. ¡Adiós!
Salieron volando hacia el cielo y desaparecieron entre las nubes. Justo en ese momento, la madre de Aitana acompañaba a Amanda a la parte trasera del jardín.
—Hola... ¿Qué haces?
—Iba a plantar esta margarita.
Las hadas de tiza, iban a ser su pequeño secreto.
—Ah... Parece divertido.
— ¿Quieres que lo hagamos juntas?
—Claro.
Amanda sonrió. Se gachó junto a Aitana, que estaba recogiendo la margarita salida de su último dibujo, mientras se preguntaba si conseguiría plantarla y hacer que sobreviviera. Si lo hacía, sería la primera flor de su nueva y definitiva casa.

¿Fin?
Sí.

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