viernes, 31 de octubre de 2014

Porcelana (Halloween 2014)

Desperté. Esa cama era muy incómoda, apenas habían pasado un par de horas y ya echaba de menos mi casa. Quiero aclarar que me gustaba pasar el fin de semana en casa de mi abuela, pero hay cosas que incomodan. El colchón por ejemplo, era un poco viejo e incomodo, a veces cuando me movía escuchaba los muelles. En mi casa estaba acostumbrada en levantarme de la cama ir recto hacia la puerta, salir y girar a la derecha para ir a la cocina. Pero esa vez me levanté, fui todo recto y me la estampé contra el armario.
Busqué el interruptor de la luz a tientas, luego salí al pasillo, pero no encendí la luz porque sabía que mi abuela dormía con la puerta abierta y tal vez la molestara. Giré a la izquierda y fui hacia la cocina. En cuanto abrí la nevera, la luz del interior se encendió. Me quedé casi un minuto mirando empanada los estantes, hasta que recordé lo que iba a buscar pero... No había agua fría, se me había olvidado meter la jarra. Nada, que me tocaría beberla a temperatura normal, pero eso no me quitaría la sed.
Abrí la botella, cogí un vaso y me serví el agua. Mientras bebía, oí algo moviéndose fuera de la cocina. Luego escuché un golpe al lado mío, pero no me asusté hasta que noté que algo me tocaba el hombro. Casi grité, pero encendí la luz y me di la vuelta rápidamente.
— ¡Maldito gato!
Se llamaba Tofito, era un gato de 3 años muy gordo, de color gris. El gato lo había acogido mi abuela, lo había encontrado abandonado cuando solo era una cría. Lo había llamado Tofito porque cuando lo llevó a casa, lo primero que intentó darle de comer fue tofu. Si, el gato comía tofu.
Se había subido a la encimera sin que lo viera. Maulló. Yo refunfuñé y le eché mi vaso de agua a su cuenco vacío. Tofito bajó de la encimera y empezó a beber. Apagué la luz y salí de la cocina.
Desde luego, no intentaría volver a dormir en el cuarto, fui directamente al salón. Miré la hora en mi reloj de pulsera, eran las dos de la mañana. Cogí una manta y un cojín y me fui al sofá. Tropecé, con el mando de la televisión (mi abuela tenía la manía de dejarlo tirado por el suelo, siempre). La televisión se encendió, ponían un programa de tarot. Justo antes de apagar la tele, miré a la derecha y me di un susto te muerte al ver la muñeca de mi abuela. Siempre me pasaba igual.
Ella decía que era un regalo de su madre, muy preciado. Siempre estaba en el mueble, junto a todas las fotos de familia. Estaba bien cuidada, tenía el pelo largo, liso y castaño, llevaba un lazo rojo en el pelo. Sus ojos eran azules, sus labios rosas e incluso tenía un poco de color en los mofletes de porcelana. Levaba puesto un vestido blanco, o tal vez beige, con bordados rojos. Parecía que me estuviera mirando fijamente. Se llamaba Marta. La maldita muñeca se llamaba como yo... Al parecer mi madre también se había criado con esa muñeca en casa y, bueno, se le pegó el nombre.
Apagué le televisión y me tiré al sofá a dormir, hasta que mi abuela despertase por la mañana. Pero no dormí durante mucho tiempo, ya que el maldito gato se me puso encima y casi me ahoga. Me levanté de golpe haciendo que Tofito (o Señor Tofu como lo llamaba yo) se cayera al suelo. Era demasiado grande y pesado.
Me froté los ojos y miré a mi alrededor, a pesar de que el salón estaba oscuro, pude verla. La muñeca de porcelana, pero no estaba en su sitio, estaba de pié a dos metros de mi. Tampoco parecía la muñeca de siempre, parecía humana. Parecía una niña, con su pelo liso, su vestido bordado, una sonrisa encantadora... Se rió.
Yo ahogué un grito. No podía despertar a mi abuela. ¿O tal vez eso fuera un sueño? Lo más seguro, solía soñar cosas raras.
— ¿Qué...?
La niña volvió a reírse. Pasó corriendo al lado mío y desapareció. Cuando volví a mirar, la muñeca seguía en su sitio.
—Muy bien, muy bien... Creo que es hora de dormir. No hay razón para alarmarse... Salvo porque estoy hablando sola y acabo de ver un "fantasma". No pasa nada...
Cogí la muñeca, la envolví en la manta y la guardé en el fondo del baúl que mi abuela tenía en el salón. Luego me volví a mi habitación, cerrando la puerta detrás de mí.
Cuando llegué a la esquina del pasillo, volví a escuchar su siniestra y dulce risa, estaba al fondo del pasillo, en frente de la puerta de la habitación de mi abuela. La puerta estaba abierta, como yo predije, pero se había cerrado con un golpe de viento. Pero claro, todas las ventanas de la casa estaban cerradas. ¿De verdad era viento?
—Ella duerme. No podrá oírte.
Esa vez sí que grité, fui corriendo a mi habitación y cerré la puerta. Estaba a oscuras, pero mis ojos se habían acostumbrado a esa oscuridad. Pegué la oreja a la puerta, no oía nada desde fuera. Quería pensar que solo era una pesadilla, que iba a despertar en cuanto encontrara la realidad. Pero me di la vuelta y la maldita muñeca estaba encima de mi cama, sentada apoyada en las almohadas.
¿La porcelana se puede romper no? Eso pensé en aquel momento. Cogí a la muñeca de porcelana por el pelo y la tiré al suelo. Golpeé y golpeé hasta que se quedó sin cara. Luego la pisoteé, quería asegurarme de que no volvería a moverse. 
Solo respiré aliviada cuando vi lo destrozada y horrible que había quedado.
—Harás que llore... 
Fue como por arte de magia. La muñeca estaba en el suelo, pisoteada, pero se volvió a levantar, mientras la porcelana volvía a unirse como si fuera un puzle y la expresión de su rostro se hacía más humana. La niña había vuelto a aparecer, yo volví a gritar y salí de mi cuarto. El pomo de la puerta ardía, y aunque solo lo llegué a tocar con mis dedos, todo mi brazo tenía quemaduras de segundo grado. Fui directa a la habitación de mi abuela. Iba a abrir la puerta, pero ella me agarró la mano y me arañó el antebrazo.
— ¡Aléjate! —le había gritado yo.
—Me hiciste daño.
Lo dijo y volvió a irse. Retrocedí hacia la cocina, en cuanto alcancé la encimera cogí el cuchillo carnicero y esperé en guardia. El Señor Tofu apareció otra vez, le arreé una patada sin querer. Pasó el tiempo, todo parecía ir bien, pero no lo iba. Si yo había visto películas de miedo a lo largo de mis años de vida... Nada iba bien.
Volvía a estar detrás de mí, la muñeca de porcelana, tan preciosa como antes. La golpeé con el cuchillo de carnicero una y otra vez, hasta hacerla trizas. No quería verla volver a verla reaparecer, ni repararse sola otra vez.
Abrí el horno de gas y tiré la muñeca dentro. Cogí las cerillas, encendí una y la tiré dentro del horno. Lo cerré rápidamente y abrí el gas.
Salí corriendo, con el cuchillo en la mano, hacia la habitación de mi abuela. Esta vez tenía que avisarla. Pero yo, en el fondo, sabía que ella no me iba a dejar.
No llegué a tocar el pomo de la puerta. Ella volvió a cogerme del brazo, pero yo le di con el cuchillo. La atravesé...  La mancha de sangre empezó a extenderse por su vestido beige, Marta puso una mano en la herida de su pecho. Luego cayó de rodillas al suelo, empezaron a resbalarle lágrimas por las mejillas, que parecían ser otra vez de porcelana. Levantó su mano hacia mí. Por un momento, llegó a darme verdadera pena, por un momento quise llorar también y cogerla en brazos pero... ¿De verdad había matado a aquel demonio?
Salí corriendo de nuevo, hacia la puerta. La abrí y bajé las escaleras mientras gritaba asustada. Una cerilla iluminó el rellano.
—Has sido mala —dijo—. Eres una niña mala. Todo es por tu culpa. Tengo que castigarte pequeña Marta... 
Tenía la caja de cerillas en una mano. Estaba encendiéndolas y tirándolas al suelo. No quería mirarla, me di la vuelta para seguir bajando. La muñeca estaba allí, sentada en la escalera, chamuscada... Me asusté de nuevo y tropecé. Caí dos tramos de escaleras hacia abajo y me desmayé.
Lo único que recuerdo, es a la vecina saliendo al rellano y pidiendo ayuda a los demás vecinos. La ambulancia, la policía, los bomberos...
La vivienda no se había quemado, por suerte. Pero sí que sabía era que la muñeca de porcelana se había quemado en aquel horno.

Por una noche, el pasado había vuelto a atacarme y las cicatrices que creía curadas se volvieron a abrir. Miles de demonios que creía haber matado, resucitaron de nuevo. Yo lo intenté, con toda la fuerza de voluntad que tenía, lo intentaron psicólogos y especialistas, pero solo las pastillas consiguieron ahogar mis recuerdos. En realidad, llevaba mucho tiempo acostumbrada a esa casa, a girar a la izquierda para salir de mi habitación en la casa de mi abuela, pero mi mente decidió olvidar siete años de mi vida y volver a mi casa.
La pila de mi reloj se había agotado, la alarma no había sonado. Yo no había recordado que tenía que tomar mi medicina. 
Nunca nadie supo qué pasaba, qué problemas hubo para acabar así. Pero yo lo recordaba, lo recuerdo y lo recordaré hasta el fin de los tiempos mientras dejen de hacerme efecto las pastillas.
Aquella vez fue la última vez que mi padre le permitió a mi madre hacerme daño. Decir que yo había tropezado y el rizador de pelo, caliente, había caído sobre mi brazo ya no colaba. Porque cada día eran más quemaduras. "Eres una niña mala" solía decir mi madre.
Pero siempre al final parecía que se arrepentía, porque siempre me sonreía y era ella la que me curaba las quemaduras del brazo.
Mi padre estaba un poco estresado aquella noche, porque hacía poco lo habían echado del trabajo y mi madre no dejaba de recordarle que podía hacer algo más que quedarse en el sofá mirando la televisión, que al menos ella tenía trabajo. Y aquella vez no fue un simple rizador de pelo. Cuando él entró en la cocina porque me había oído gritar, había visto que la vitrocerámica estaba encendida y que mi madre me estaba sujetando aún, había perdido el control.
Tal vez lo hubiera sospechado desde siempre, pero esa vez lo había visto con sus propios ojos. Cogió el cuchillo que mi madre estaba utilizando antes y no dudó en apuñalar a mi madre dos veces. Cayó al suelo con una mancha de sangre en la blusa blanca. Yo caí con ella mientras la abrazaba y quedaba yo también manchada con la sangre de mi madre.
Él creyó que también me había matado a mí. Huyó de la cocina. Yo miré a mi madre, lloraba, tenía una mano sobre la herida de su pecho, de la que todavía brotaba sangre. Quise abrazarla, morirme con ella pero... ¿De verdad había matado aquel demonio? ¿O era el demonio quién la había matado a ella?

Mi padre se suicidó, yo me quedé con el peor recuerdo de mi vida para siempre. Nadie me lo podía quitar de la cabeza, todavía soñaba con aquella encantadora sonrisa de porcelana que escondía un cruel demonio.

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Hola pequeñas luciérnagas. ¿Qué tal andamos? O volamos... Hoy es Halloween y preparé este relato corto para vosotros. La intención no era, necesariamente, causar miedo o temor alguno. Solo pensé que al ser de un tema un poco más así... como de pesadillas iría bien para este día.
La idea de este relato se la debo a una amiga, que me contó que había tenido un sueño sobre una muñeca que se convertía en muñeca y viceversa. Pero lo demás es mío... solo mío. Pero lo comparto con vosotros, of course. ¿Qué sería del mundo si no compartiéramos nuestras historias? Bueno, ahí arriba os lo he dejado. ¡Que paséis un buen Halloween!

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