viernes, 24 de abril de 2015

El último baile con la Muerte

Alison recibió una visita en el hospital. Se trataba de Diego, había venido más arreglado que de costumbre y traía un ramo de azucenas blancas en brazos. Tenía el pelo castaño oscuro, semilargo, lacio y el flequillo peinado hacia un  lado, tapando parte de su frente y, en ocasiones, su ojo derecho. Los ojos los tenía grandes y marrones, profundos y seductores. En cuanto la vio, intentó sonreír, pero era una media sonrisa forzada, triste. Llevaba una camisa blanca, chaleco y corbata, vaqueros y botas de piel marrones.
Ella se incorporó en su cama y le sonrió, Diego la abrazó de inmediato, no quería dejarla ir, pero al final fue Alison quién le hizo apartarse.
—Eh... Yo... Voy a buscar un jarrón con agua para las flores —dijo la hermana de Alison, desvió la mirada de Diego, se secó las lágrimas y salió por la puerta de la habitación corriendo, dejándolos solos.
Diego simplemente dejó el ramo de flores sobre la cama, a sus pies. Cuando Alison le hizo una seña, él se sentó a su lado. Ella lo vio demasiado triste.
— ¿Cómo estás Diego?
—Alison, me lo han dicho, pero quiero que me lo cuentes tú —fue directo—. Desde el principio, el miércoles pasado por la tarde, cuando te fuiste a tu casa.
Inspiró hondo, trató de serenarse, miró hacia arriba como si allí en el aire pudiera ver sus recuerdos.
—Todo empieza con un insignificante dolor de cabeza, pequeños fallos de memoria y... Bueno. El miércoles pasado por la tarde, cuando yo ya me iba a casa... Me dijeron que me dio una especie de ataque, cuando estaba en frente del semáforo. Yo no recuerdo nada, solo que sentía como si mi cabeza fuera a explotar y empecé a ver doble, luego nada. Me han dicho que llamaron a una ambulancia y entonces desperté en el hospital. Después de horas de pruebas, radiografías, resonancias y la opinión de varios especialistas... Dicen... —su voz se quebró en la última palabra, cerró los ojos y volvió a coger aire lentamente, cuanto antes lo dijera más fácil—. Tengo cáncer terminal, un tumor de grado cuatro en el cerebro que avanza con el tiempo y me mata cada día más.
—Dios... Alison...
Bajó la mirada hacia sus manos, empezó a juguetear con sus dedos nerviosa, se mordió el labio. No quería llorar, había llorado durante horas, había visto llorar a sus padres, a sus hermanos... Ahora escuchaba llorar a Diego.
— ¿Y bien? ¿No me lo preguntas? —dijo rompiendo el silencio.
— ¿El qué?
— ¡Oh no! —Puso voz dramática—. Pobre de ti Alison, eres tan joven. ¿Cuánto tiempo te han dado?
Diego rió, después se arrepintió. ¿Cómo podía reírse en un momento tan crítico? Pero es que ella siempre le hacía reír con sus tonterías. Alison volvió a sonreír.
—Es algo difícil de preguntar, pero sí que lo estaba pensando —reconoció él.
—De 2 a 6 meses, pero podría ser cualquier día... Me han dicho que hay un tratamiento experimental, sería la primera vez que lo probarían.
— ¿De verdad? —pareció un poco más esperanzado.
—Me he negado. Ya lo había hablado con mi familia.
— ¿Por qué?
—Si tengo que morir, moriré. No quiero ser un experimento, darme falsas esperanzas, o dárselas a otro. Algún día tenía que pasar, las puertas del paraíso me llaman. Dios requiere mi asistencia en el cielo.
Diego resopló, intentó no ponerse a llorar otra vez, los dos se quedaron en silencio varios segundos, tal vez un minuto entero. Él carraspeó e intentó buscar algo más que decir, miró a su alrededor. Se encontró con un cuaderno con unos cuantos folios arrancados y un bolígrafo al lado de Alison.
—... ¿Qué escribías?
Ella casi había olvidado lo que estaba haciendo, miró a su lado y en seguida recogió el cuaderno y los folios, con la intención de que su amigo no los viera.
—Nada... Tonterías.
—Eh... ¿Interrumpo?
Su hermana volvía a estar en la puerta, acompañado también de su otro hermano mayor. Los dos entraron a la vez, su hermana dejó el jarrón con agua en la mesita, junto a muchos otros y luego metió las azucenas en él.
—Oye Diego ¿te importa salir a fuera un momento?
— ¿Cómo?
—Quiero hablar contigo.
Diego miró a Alison, ella se encogió de hombros. Su hermana se sentó al lado de Diego y prácticamente le empujó hasta ocupar su sitio.
—Yo me quedaré con ella.
Diego se levantó y salió de la habitación, hasta que no se alejaron unos cinco metros de la puerta, Eric no dijo nada, e incluso cuando pararon, esperó. Los dos vieron al médico entrar en la habitación de Alison.
—Va a darle el alta —dijo Eric.
— ¿De verdad?
—No va a pasarse el resto de su vida allí. Es lo mejor. Pero no es de eso de lo que quería hablarte.
— ¿Y...?
— ¿Éste sábado era vuestra fiesta de graduación verdad? Una gala o algo así.
Diego se quedó sin habla, de normal cuando hablaba con el hermano de Alison se quedaba sin saber que decir.
— ¿Cómo lo sabes?
—Se pasó el último mes hablando solo de eso... Pero ahora dice que no quiere ir. Oye Diego... ¿A ti te gusta mi hermana?
— ¿Cómo? O sea... ¿Qué? ¿Por qué lo preguntas? Yo... Es decir...
Eric suspiró y negó con la cabeza.
—Olvida esa pregunta. Solo quiero pedirte una cosa. Quiero que lleves a Alison al baile.
— ¿Qué?
—Tío... Es imposible hablar contigo… Ni se te ocurra negarte o sufrirás las consecuencias.
—No iba a negarme... ¿Pero, hay alguna razón?
—Simplemente que a ella le haría ilusión ir a ese baile. Tú eres su amigo más cercano, concédele su último deseo.
Su último deseo, sonaba muy drástico.
—Mantén esto en secreto ¿vale? Queremos que sea una sorpresa. Ya te daré más detalles.

*   *   *

La de veces que Aida y Alison habían pasado por la tienda de París Tour… Cientos de veces, siempre que salían las dos juntas a comprar. Siempre que pasaban por ahí Alison se paraba a admirar el escaparate y dejar claro que el vestido malva hasta las rodillas, con vuelo, los tirantes cruzados y sin ningún otro adorno. Los demás complementos le daban igual, mientras tuviera ese vestido el día del baile de graduación.
Desde luego, ella había abandonado la idea de ir. No merecía la pena perder tantas horas en un baile con unas personas, con las que aunque hubiera ido con ellos durante años a las mismas clases, no conocía. No, quería aprovechar el tiempo con su familia. Esa noche su padre tenía preparada una maratón del Señor de los Anillos. Como Alison nunca había visto esas películas y a su padre le encantaban, pensó que sería buena idea verlas en familia, como una de las cosas que tenían que hacer juntos.
No tenía ni idea, de por qué su hermana había insistido en que todos se tenían que arreglar, sobre todo a Alison. Se pasó una hora en el salón arreglándole el pelo, estudiaba para peluquería y lo hacía realmente bien. Pero era demasiado elegante para una noche de ver películas. Y el maquillaje ¿por qué maquillaje? Daba lo mismo, mientras hiciera feliz a Aida.
Y así, mientras iba por la segunda bolsa de palomitas sonó el timbre, fue Eric el que había ido a abrir la puerta, luego volvió al salón.
—Creo que es para ti.
Alison se levantó del sofá y fue a la puerta. Cuál fue su sorpresa al ver a Diego ahí plantado, con el traje de gala, parecía que la esperara.
—Buenas noches ¿no vas a venir al baile?
— ¿Eh? —quedó tan perpleja, que no supo que responder.
—Uy, sí que va. Dale un momento para que se cambie —dijo su hermana.
— ¿Qué?
—Sí, mira hoy trajeron tú vestido.
Su madre apareció en la puerta también, llevaba el vestido de color malva guardado en una bolsa de la tintorería opaca. Lo había visto unas cuantas veces en el armario, pero no se le había ocurrido mirar qué era, en ese momento la bolsa estaba abierta.
—Ve a cambiarte rápido, no sea que lleguéis tarde —dijo Eric.
Alison no se lo podía creer, quería gritar de la emoción, empezaron a salirle las lágrimas.
— ¡Ni se te ocurra llorar! ¡No sabes lo que me ha costado el maquillaje!
Aida la cogió del brazo, con la otra mano se llevó el vestido y subieron la escalera hacia su habitación.
La madre de Alison invitó a Diego pasar adentro.
—No sabes lo feliz que debes estar haciendo a mi niña ahora mismo... —dijo ella, mientras acariciaba la cruz que tenía colgada en el cuello, parecía que estuviera rezando al mismo tiempo que hablara—. Muy feliz... Sí. Desde luego.
Unos minutos después, Alison bajó la escalera. Estaba guapísima, zapatos de tacón, el vestido malva hasta las rodillas, el pelo dorado ondulado hacia un lado. Sencilla, pero preciosa, como siempre en realidad.
— ¿Cómo estoy? —preguntó.
—Guapísima —dijo Aida.
—Preciosa —concluyó Diego.
—Demasiada pierna —objetó su madre—. Pero muy guapa. ¿Dónde está la cámara? Cariño, trae la cámara de fotos.
—Ya la llevaba.
—A ver, poneros juntos, quiero que este momento quede grabado para siempre.

*   *   *

Saludaron, se abrazaron, dos besos en las mejillas, todos se alegraban de volver a ver a Alison, aunque los dos llegaran bastante tarde. Continuaron con la fiesta, bailaron, se lo pasaron bien, hablaron, bailaron de nuevo... Pasaron las horas, pasó también la medianoche, pero casi nadie se había ido. Empezaba el momento en el que ponían música más lenta, perfecta para bailar un vals, un ambiente magnífico, todo tan tranquilo. Y justo cuando Diego se había decidido a, por fin, declararse, aunque no les quedara mucho tiempo juntos, Alison se desmayó.
En medio de la multitud, alguien gritó que llamaran a una ambulancia, Diego se agachó a su lado, no se movía, no respiraba, no sentía su pulso... Alison había abandonado la vida. Entonces él se levantó, se limpió el polvo de la ropa y sacó un cuaderno del interior de su chaqueta. Leyó lo que allí ponía, miró a la víctima, volvió a mirar el cuaderno y asintió, todo correcto, luego tachó el nombre de Alison con un bolígrafo de tinta roja.
Entre la confusión de la gente, él se alejó de Diego, la persona más cercana a Alison en el momento de su muerte, sacó su guadaña y la Muerte volvió a recuperar su aspecto de persona siniestra con capucha. Entonces desapareció, mientras Diego seguía allí, al lado de Alison, llorando. Se escuchaban los murmullos de la gente, la ambulancia se acercaba…

*   *   *


Diego leía la carta que había escrito Alison para él en el hospital, dos días después del entierro. No quería hacerlo, pero al final su amor hacia Alison le obligó a abrir la carta y ver cuáles eran sus últimas palabras, se arrepintió completamente de ello.

«No es el momento de una despedida, de decir adiós, de pensar que nos separamos, porque sabemos que nos volveremos a encontrar. No sé porqué escribo esto ahora mismo, porque tampoco tengo nada que contar, que confesar. Podría decir que fuiste siempre un gran amigo para mí, como mi segundo hermano, o podría decirte que te amo. ¿Pero acaso eso tendría sentido? ¿Por qué iba a hacerlo ahora, cuando es tarde? Todo el tiempo que podríamos haber pasado juntos si lo hubiera dicho antes, ya fue nuestro. Ahora no hay razón para que te deje con las últimas palabras de un amor que no pudo ser. Por eso no lo voy a decir. No voy a decirte cuanto te amo y te he amado o no, ni el valor que tuvo o no para mi tu amistad. Porque esto no es un adiós, la vida eterna nos espera en algún lugar. De todas formas, adiós Diego, aunque sé que pronto voy a verte, puedo oír tu voz desde esta habitación, como te acercas por el pasillo. Te volveré a ver ahora y te volveré a ver más tarde».



4 comentarios:

  1. Hola! Que bonito :') La carta final ha sido demasiado T.T

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    1. Gracias por tu comentario ^^
      Sí, recuerdo aún cuando se me ocurrió lo de la carta, no tiene nada que ver pero... Me aburría en clase de literatura así que me fui a mi mundo a pensar en como hacer sufrir a Diego >:D

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  2. Es precioso Q_Q ¿Por qué me haces llorar así? Eres cruel

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