sábado, 30 de mayo de 2015

Encantadora

(Primera parte aquí)
Creía en el amor a primera vista. Y en el de segunda, tercera, cuarta, quinta... Pero sabía que en cuanto la viera, se enamoraría de ella. Echó una ojeada a toda la gente del bar, no necesitó más.
Ella estaba sentada en la barra. Delante suya, una copa con agua y limón. Miraba de reojo el móvil, seguramente esperaba que sonara. De vez en cuando lo cogía y lo encendía, para comprobar si no había mensajes... Llevaba un vestido de fiesta rojo, hasta las rodillas, zapatos de tacón del mismo color y un bolso de mano blanco en sus brazos.
Debía de tener unos 26 años. Tenía el pelo castaño oscuro y ondulado, hasta los hombros. No llevaba demasiado maquillaje, de hecho solo rímel y algo de pintalabios, porque todavía tenía visibles algunas pecas en su piel clara. 
Parecía impaciente y aburrida... Golpeaba la madera de la barra con las uñas, arregladas pero sin pintar. Llevaba ahí diez minutos y todavía no había recibido ningún mensaje.
Ni siquiera había prestado atención al tipo que se había sentado a su lado. Al fin y al cabo, no había más sitios, el bar estaba lleno. Aunque, cuando ya llevaba unos tres minutos allí sentado bebiendo de su vaso y mirando su móvil, le miró de reojo.
Era de su misma estatura, y ella era algo bajita. Tenía el pelo rubio y corto, los ojos marrones, llevaba gafas cuadradas, no las que estaban de moda (hipsters), si no las simples. Iba vestido con ropa casual, nada fuera de lo común, vaqueros, camisa, zapatillas... Lo normal. Dejó de mirarle ¿qué le importaba a ella? Pero entonces él apagó su teléfono y giró la cabeza hacia ella, no le dio tiempo a ignorarlo.
—Hola ¿me permites presentarme?
¿Qué clase de formalidades eran esas? Desde luego, parecía un tipo extraño...
—Cómo empieces tu también con lo de las frases típicas de ligoteo, serás el tercero esta noche.
— ¿Frases de ligoteo? No... Era solo por ser sociable, ya que el que está a mi lado parece muy metido en esa conversación por teléfono quedas tú. Me llamo Rafael.
Le tendió una mano, ella la miró un momento, pensativa. Luego se la cogió, había sido demasiado borde con los otros esa noche.
—Eh... Yo me llamo Beth, encantada supongo...
Desde luego, no parecía el tipo de persona que usara esas frases típicas para conocer a una chica. Ni siquiera parecía el tipo de persona que... quisiera conocer chicas. A primera vista parecía algo... Marginado. Era así y había que decirlo.
—Perdón por... Bueno, pensaba en otra cosa.
— ¿Qué pasa? ¿Te pones un vestido bonito y te atacan los tíos?
—Sí, básicamente —reconoció. No era la clase de chicas que se creía la diva de la fiesta, pero si en el poco tiempo que llevaba en el bar el ya era el cuarto que se había puesto a hablar con ella, por algo debía ser.
No sabía cómo, pero él había acertado. Beth no solía vestirse así, pero Melinda la había invitado a esa "reunión importante" y tenía que ir arreglada. No solía interesarse en ir a bares y atraer al sexo opuesto con sus “encantos femeninos” como decía Melinda que tenía que hacer. Pero, había quedado con ella en ese bar y en diez minutos se habían acercado cuatro. Cuatro engreídos con su sonrisa fantástica y el traje impoluto. Se habían sentado a su lado y empezaban. Pero ella siempre ponía mala cara y contestaba algo que ellos no querían, adornado con unos insultos de muy mal gusto, siempre camuflados con alguna ironía o sarcasmo.
— ¿Vienes mucho por aquí?
—En realidad… No, solo vengo cuando me arrastra mi amiga.
Rafael miró indiferente a los dos lados y detrás de él.
— ¿Y dónde está ahora?
—Se supone que tenía que venir hacía un buen rato para no sé qué reunión con sus amigas del tenis… La verdad es que es la última vez que… Emm… Perdón, no debería hablar de esto contigo.
—No me importa escuchar. Pero, al fin y al cabo, solo soy un desconocido.
—Cierto —no supo ci continuar la conversación o no, pero al fin y al cabo se aburría esperando sola—. ¿Tú… pasas mucho tiempo aquí?
—Algunas veces a la semana, después del trabajo.
—Ah. ¿En qué trabajas?
—Soy psicólogo.
—Interesante, yo….
Sonó su teléfono, con el típico timbre que todos los teléfonos tenían. Ella sonrió, pidió disculpas sin decir ni una palabra y contestó, era Melinda.
— ¿Dónde estás? Tengo el coche en doble fila. Sal ya —decía al otro lado del teléfono.
—Ya voy pesada. La que llega tarde eres tú.
—Date prisa.
Colgó, se bebió de un trago su agua con limón, cosa que había pedido solo para hacer algo mientras esperaba. Cogió su bolso y se levantó.
—Lo siento, me tengo que ir. Nos vemos otro día…
Sonó el claxon de un coche, repetido varias veces. Seguro que era Melinda, la paciencia no le sobraba.
— ¿Otro día?
—Eh… Sí, por qué no. A lo mejor nos volvemos a ver por aquí.
Solo lo decía por ser amable. Beth no tenía la menor intención de volver.
—Te volveré a ver.
Pero la verdad, le daba un poco de pena. Tenía una mirada expectante y... Se sentía mal solo por pensar que no tenía la intención de volverlo a ver. Parecía el tipo de persona a la que le costaba relacionarse con los demás, algo raro siendo psicólogo (en su opinión).


Ella salió del bar. Era encantadora, aunque no lo aparentara a primera vista. Primero se tenía que conocer a una persona, antes de tener prejuicios. Él podría haber pensado que Beth era borde, pero solo estaba agobiada. Podría llegar a ver lo encantadora que era en el fondo. Seguro que la volvería a ver otro día.

jueves, 7 de mayo de 2015

Preciosa

Era una pena, una verdadera pena.
Camila tenía 27 años, vivía en un apartamento con una amiga, pero la amiga se había ido de vacaciones. Había conocido a alguien hacía un mes, podrían haber hecho una buena pareja, pero él no era su tipo. Aunque era encantador y muy simpático, cuando se le declaró ella le dijo que no le interesaba. Intentó ser sensible, le dijo que seguro que encontraría a otra chica, alguna que se enamoraría de él y entonces sería feliz. Pero ellos dos, solo podían ser amigos y él no podía perder el tiempo con ella. Al fin y al cabo había muchos peces en el mar...
Él pareció comprenderlo, se mostró algo triste, pero lo comprendió. Aunque rechazó su oferta de seguir siendo amigos. Él no se lo dijo, pero no le parecía buena idea ser el amigo de tu víctima.
Era una pena, una verdadera pena. Camila era muy guapa, tenía el pelo largo y rizado, rubio platino, ojos azules y brillantes, una tez muy clara con un lunar en el labio superior, que le daba un encanto especial... Pero era una pena que ella no le diera una oportunidad.
Camila le dijo, sin querer, que su amiga se había ido de vacaciones una semana, para visitar a la familia. Por lo que Camila iba a estar sola en casa, durante dos semanas, en un solitario apartamento, en verano. En verano hacía mucho calor y Camila no tenía aire acondicionado, además, el ventilador no hacía mucho efecto con la ventana cerrada, por lo que ella dormía con la ventana abierta.
En la madrugada, la fase más profunda del sueño, ella no se enteraría de que alguien se colaba por su ventana del segundo piso. De hecho, su habitación daba a un callejón, por lo que nadie podría verlo.
Camila dormía, esperaba que soñara algo bonito, porque podría ser su último sueño. Su habitación era pequeña, con una cama de una sola persona. Había una estantería con muchos libros, los cajones de la cómoda estaban abiertos. Encima estaba su joyero, abierto también, tirado de mala manera estaba su collar. Un collar de plata con un corazón, era el que se ponía siempre. Él no pudo evitar la tentación, lo cogió y se lo guardó en el bolsillo.
Se acercó a su cama, llevaba un pijama rosa, muy típico de ella, y el pelo rubio atado con una coleta. Era preciosa, aún durmiendo, pero tenía que estar seguro de que siguiera durmiendo. Acercó el pañuelo empapado de cloroformo a ella. Cuando se lo puso tapándole la boca y la nariz, ella despertó. 
Camila se asustó cuando notó que había alguien más allí, intentó forcejear, pero no pudo conseguir nada. Eso es lo que a él no le gustaba, cuando se asustaban y se resistían. Ella no vio a su agresor, porque estaba a oscuras y volvió a quedarse dormida, pero más tarde podría verlo, de nuevo.
Solo le faltaba llevársela, saldría por la puerta, pero si no encendía la luz, nadie lo vería aún. Además, tenía el coche aparcado justo en frente, no fallaba nada. Todo era como siempre.
Camila no era la primera, ni la última. Era como todas las demás, una mujer como todas las demás, preciosa y simpática, pero con muchos prejuicios. Otra más que le rechazaba. Había tantas antes de ella, Anais, Marta, Anabel... y muchas más. Aquella ciudad era muy grande, nunca le encontrarían, aunque la policía ya estaba investigando las misteriosas desapariciones de tantas mujeres, todas de entre 24 y 30 años. Algunas ya estaban tomando precauciones, iban con el espray de pimienta en el bolso cuando salían. Pero las cosas no funcionaban así, él no atacaba a ninguna desconocida por la calle. Pero siempre encontraba a la víctima perfecta. Aunque al principio no pensaba en ellas así, ellas podrían llegar a tener algo mejor que eso, pero todas lo rechazaban, por lo que se convertían en víctimas.
Pero él esperaba, esperaba el día en el que encontraría a la mujer perfecta, alguien que le aceptara tal y como era. Algún día, ella aparecería. De momento, solo iba a tomar su venganza.



¡Hola! Me he encontrado esta historia perdida entre los muchos borradores de mi blog, he decidido publicarla hoy. Es una novela cortita, aunque aún no está terminada. Probablemente suba pronto la segunda parte, en cuanto la corrija, probablemente se llamará "Encantadora". De momento para encontrarla podéis ir a Relatos Cortos, aunque creo que haré otra categoría. Hasta entonces, nos vemos.