martes, 16 de junio de 2015

La casa de los sueños (1ª Parte)

Hacía cinco años, el abuelo Tom falleció, dejando sola a la abuela Celsa. Aunque no tan sola, siempre le quedaron sus dos hijas, que aún la visitaban en el asilo, y sus tres nietos Micaela, Isaac y Ezequiel  pero ellos tress se habían hecho mayores y ya no pasaban tanto tiempo con ella. Estaba en ese asilo por la intención de que no estuviera siempre sola. Además, con su salud, le convenía estar siempre cerca de alguna enfermera.
Pero, no imaginaban que a sus 76 años, su vida estaría a punto de concluir. Una enfermedad en fase terminal, eso estaba acabando con ella. Tuvieron que ingresarla en un hospital y... ya sabían que no le quedaba mucho tiempo. El 17 de enero, se reunió con Tom. El domingo 19, la enterraron.
Aquella mañana no asistió mucha gente, solo la familia más cercana, que no era mucha. Pero lo hicieron tal como ella quería, al lado del abuelo, porque les contó que cuando ellos dos se casaron, pusieron en los votos, que ni la muerte les separaría.
Por la tarde, esperaron al notario. Habían acordado que todos irían a la casa de la abuela para leer el testamento. Micaeia e Isaac fueron los primeros en llegar, Micaela tenía las llaves de la casa. Abrieron la puerta, todo estaba oscuro, las cortinas echadas, ventanas cerradas, luces apagadas y mucho polvo acumulado. Lo primero que hizo Micaela, fue abrir todas las ventanas y dejar que entrara la luz y ventilar un poco la casa. Hacía frío, pero ya encenderían las estufas cuando llegaran sus padres o los tíos. Luego se sentó en el sofá que estaba junto a la estantería, Isaac se sentó a su lado. Ninguno de los os se había quitado el abrigo, hacía demasiado frío.
— ¿Eso es... un álbum de fotos?
— ¿Eh?
Micaela miró hacia donde señalaba Isaac. En la estantería había un álbum de fotos viejo, con la tapa de piel negra y muy desgastada. Micaela lo cogió, pesaba mucho y también hacía mucho que no lo veía.
—Ahora es más rápido hacer un álbum por face...
—Pero seguramente, ella ni sabía lo que era eso —Micaela lo abrió por la primera página.
Había fotos viejas en blanco y negro, pegadas con celo en las páginas amarillas y arrugadas. Fue pasando, había fotos de sus abuelos cuando se casaron y cuando compraron la casa. Estaba hecha un desastre, pero ellos dos la arreglaron con el tiempo, con mucho tiempo. Entonces llegaron a las fotos en las que salían sus padres, luego llegaron a sus fotos de pequeños.
— ¿Esa soy yo? —dijo incrédula—. ¿Por qué tenía el pelo así?
Estaba mirando una foto de dos niños, ellos dos, cuando Micaela tenía cinco años e Isaac 7. Micaela tenía el pelo moreno y corto, pero era irregular. Su hermano se rió al recordarlo.
—Te lo cortaste tú. No se de dónde, pero sacaste unas tijeras y te hiciste "una sesión de peluquería".
—Increíble... 
—Ahora tienes el pelo muy largo —y lo tenía, largo hasta la cintura—. Será algún trauma, por cómo te riñó mamá. Estabas horrible...
—Oye, que tu de pequeño tampoco eras tan guapo.
—No, pero pregúntale a mis adoradas fans si lo soy ahora.
Isaac era modelo e ingeniero. Aunque había estudiado mucho, en ese momento le gustaba más la profesión de modelo, aunque su padre tal vez no estaba demasiado de acuerdo. Pero tenía razón, las adolescentes caían rendidas a los pies del famoso Isaac, aquel chico rubio de ojos azules, cachas, alto y con buen estilo. Aunque lo del buen estilo era mentira, si no fuera porque otros le elegían la ropa...
Micaela siguió pasando paginas, llegando a fotografían más actuales... La última, una con ellos dos y su abuela en la estación de trenes. Entonces se echó a llorar, otra vez.
—Vamos Micaela —su hermano la abrazó tratando de consolarla—. Deja de llorar un momento, que ya tienes 20 años, no estás como para esto.
—Cállate —dijo ella, mientras seguía llorando sin dejar de abrazarlo.
Entonces llamaron a la puerta, e Isaac tuvo que levantarse y abrir. Sus padres cerraban el paraguas y entraban, al parecer se había puesto a llover.
— ¿Y los tíos, no venían con vosotros?
—Están aparcando.
Dijo su madre, una mujer de 47 (Carmen), aunque en realidad aparentaba muchos menos, no como su padre, de 50 años, (George) que ya tenía todo el pelo de la cabeza y la barba blanca. Pronto llegaron tres personas más. La hermana de su madre, Sara, su marido, Ezequiel, y su hijo con el nombre de su padre, de 18 años.
—Hola nenes —dijo su tía cariñosamente, dio un beso a Isaac y luego se acercó a Micaela, que se estaba secando las lagrimas aún—. Anda, no llores que te quedan muy mal las lágrimas. 
—Pero que frío hace aquí —se quejó Carmen, que estaba dejándo su abrigo y su paraguas—. Que alguien cierre las ventanas.
—Voy —dijo George, se quitó también la chaqueta y empezó a cerrar ventanas en el primer piso, luego subió arriba.
—Vamos a hacer un poco de té Carmen —Sara también se quitó el abrigo y lo tiró en el sofá, luego se llevó a su hermana a la cocina.
El tío Ezequiel bajó al sótano y encendió la caldera, a continuación, las estufas. Su primo se sentó cómodamente en una butaca y encendió la tele, ante su actitud, Micaela le dijo:
—Oye, si quieres hablar, siempre puedes contar con nosotros...
—Ahora solo intento distraerme, no quiero... pensar en ello.
—Bueno...
Isaac cogió el abrigo de piel de su tía y lo dejó en la percha con los demás, también dejó el suyo.
—Voy a ver si puedo ayudar a mamá en algo —Micaela fue hacia la cocina.
La puerta estaba cerrada, iba a abrir pero oyó que su madre y su tía hablaban en voz baja. Pegó la oreja a la puerta de madera y se paró a escuchar, nunca había podido evitar escuchar a escondidas. Su madre, que había soportado bastante bien la perdida de la abuela y a la que no había visto llorar, cuando la veía... Estaba llorando entonces.
—Vamos chica, no te tortures —decía Sara.
—Ahora creo... que todos hubiéramos podido pasar más tiempo con ella.
—Ella sabe que nos hubiera gustado, siempre lo supo.
—Pero el maldito trabajo...
La vieja tetera empezó a expulsar vapor a presión, Micaela aprovechó para entrar. Su madre le daba la espalda, estaba apagando el fuego.
—Anda nena, lleva esto al salón. Cuidado que quema.
Sara sacó el azucarero del armario, una bandeja y puso en ella el azúcar, la tetera, cucharillas y las tazas.
—Mamá... ¿Estas bien?
—Eh... Claro —no de giró, cogió un paño y limpio la encimera—. Ve a dejar el té, que viene bien cuando hace frío.
Sara le abrió la puerta, Micaela volvió al salón y dejó la bandeja en la mesita de café. Empezó a servir el té, su tío y su padre ya se habían sentado. Entonces sonó el timbre, esta vez se levantó Ezequiel, venía el notario.
—Genial, a ver que nos ha dejado la vieja...
Ante este comentario, Micaela se distrajo y derramó una de las tazas.
—Vigila —dijo su hermano, que se levantó y limpió en su lugar—. Siéntate, que tú eres más desastre... Serías capaz de derramarlas todas.
El notario entró, era un hombre de edad media, vestía con traje y gabardina negra, que dejó en el perchero junto a su bombín y su paraguas.
—Buenas tardes.
—Muy buenas —saludó su tío.
—Yo no diría, pero bueno... —contradijo Micaela.
— ¿Estamos todos presentes?
—Sí.
Sara y Carmen acababan de llegar de la cocina, se sentaron en el sofá junto a Micaela. El notario y el primo Ezequiel se sentaron en las dos butacas, Isaac le sirvió también el té y luego se sentó en el otro sofá con su tío y su padre.
—Bien, pues procedamos.
Abrió el maletín y sacó algunos documentos, los ordenó y luego cerró el maletín y lo dejó a sus pies.
—Celsa García Jimenez, fallecida el pasado 17 de enero, con residencia en la calle de Miguel de Cervantes, número 23. Esta misma casa... Yendo a lo directo —abrió el primer sobre y empezó a leer—. A mi hija Carmen, le dejo mi tocadiscos y la colección de los discos de Jazz y música clásica con los que aprendió a bailar, además de la cubertería de plata que nos regalaron el día de nuestra boda —Micaela observó cómo brillaban los ojos de su madre y le temblaba el labio inferior, un poco más y lloraba—. A su marido George, Tom nunca tuvo la oportunidad de hacer un testamento, pero, en su nombre, a ti te dejo su reloj de bolsillo suizo, que su padre le regaló a él. A mi hija menor, Sara. A ti te dejo mi colección de porcelana china, la que mi madre me dio a mi, y ahora yo te la doy a ti, también la caja de música que tanto te gustaba escuchar de pequeña —Sara si que empezó a llorar, las lagrimas resbalaban silenciosamente sobre sus mejillas—. A Ezequiel Senior, los vinos de gran reserva que guardábamos para las ocasiones especiales. A mis queridísimos sobrinos, para Micaela, la colcha que hicimos juntas en el verano del 2003 —Micaela lloró, una vez más—. Para Isaac, los libros de nuestra biblioteca, grandes clásicos que espero te sean provechosos —Isaac no lloró, el hermano mayor no podía llorar delante de la hermana pequeña, pero su abuela lo conocía muy bien, sabía que le encantaba leer—. Y para mi Ezequiel Junior,  los cuadros que decoran las paredes de toda nuestra casa y que yo misma pinté en mi juventud.
Durante un segundo quedaron en silencio, solo se oían los sollozos de Micaela. El notario iba a seguir, pero le interrumpió Ezequiel Junior.
— ¿Y ya está? ¿Qué pasa de la casa? ¿No nos la deja a nosotros?
—Si me deja continuar... Gracias —continuó leyendo—. Los ahorros que conseguimos después de reformar esta casa, durante tantos años, los dejo repartidos para todos, y espero que hagáis un buen uso. 
— ¿Cuánto toca a cada uno? —interrumpió Ezequiel de nuevo.
—Según los datos bancarios, 1380 a cada miembro de la familia cuyo nombre ha sido mencionado en el testamento —volvió a emprender la lectura—. Nuestra casa, la que construimos durante media vida con las bases de nuestros sueños, la dejo para los más jóvenes, que la casa de nuestros sueños les acompañe durante mucho tiempo.
—Oh... —Ezequiel no podía con la emoción, un tercio de la casa para él.
—Además, dejó unas cartas para que las leyeran ustedes mismos —les dejó 5 sobres.
Uno para Micaela, otro para Isaac, uno para Ezquiel y dos para Sara y Carmen. Entonces a Carmen se le escaparon un par de lágrimas que secó disimuladamente con un pañuelo.
(2ª Parte)

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