sábado, 20 de junio de 2015

La casa de los sueños (2ª Parte)

(1ª Parte)
<<Querida Micaela, mi tesoro, mi princesa... Mi única nieta. ¿Recuerdas cuando veníais todos los fines de semanas a comer? ¿O cuándo te quedabas a dormir aquí los sábados? Todas las vacaciones de verano, las cenas de navidad y pascua. 
Tú abuelo y yo nos casamos bastante jóvenes, en cuanto cumplimos 19 años, todavía recuerdo cuando me pidió matrimonio. Decidimos empezar una nueva vida, juntos. El tenía un buen trabajo y yo también lo encontraría pronto. Al principio vivíamos los dos solos en un piso, pero los dos teníamos un sueño. Ahorramos mucho y nos esforzamos para poder cumplirlo. Tres años después, compramos una casa y nos mudamos a vivir allí. No era gran cosa, era muy vieja, tuvimos que reformarla, y eso hicimos. Tú abuelo dibujó los planos que ahora están guardados en un cajón de su estudio. Fuimos poco a poco construyendo nuestra casa, nuestro hogar con la base de nuestro sueño.
Tu madre y tu tía también lo recordarán, cuando ellas habían nacido no habíamos reformado ni un tercio. Pero la segunda mejor cosa de aquella época, fue el trabajo. Y no hay mucha gente que pueda decir eso, pero a los dos nos gustaba trabajar en algo que de vera deseábamos. Avanzaba el tiempo y nuestro sueño estaba cada vez más cerca de hacerse realidad. Nuestras hijas crecieron, se mudaron y se casaron. Luego vinisteis tú y tu hermano y también tu primo.
Supongo que tu ya no lo recordarás, pero a penas cuando tenías dos años, acabamos el estudio y decoramos toda la casa, por completo. Entonces se hizo realidad. Lo único que quisimos Tom y yo, era tener una casa propia, dónde pasar las tardes cuando nos jubillaramos, dónde vendrían nuestras dos hijas a comer los fines de semanas. Dónde veríamos a nuestros nietos crecer, mientras jugaban en el jardín y dónde celebraríamos las fiestas todos juntos. Ese era nuestro deseo desde el principio, vosotros.
Ahora que tu abuelo ya no está, te escribo esta carta, porque tengo miedo de que no tenga tiempo de despedirme y decirte lo MUCHO que te quiero y lo MUCHO que significáis los tres para mí. Y ahora que ya has crecido y no tienes tanto tiempo como antes, has dejado de ser una princesa, ahora eres una reina. Cuida de nuestra casa como la cuidamos nosotros. Te quiero y te querré siempre.
Celsa García Jimenez>>

Los muebles eran bastante viejos, podían intentar vender alguno como antigüedades, pero si no, podían vender la casa amueblada para ganar más. Ezequiel se estaba encargando de dar todos los detalles de la casa al agente inmobiliario mientras hacían un tour. Con 500 m2, garaje de dos plazas, la terraza, jardín, ático, cuatro habitaciones, tres baños, sótano con cuarto de la colada, estudio/biblioteca, trastero... Incluso se había molestado en buscar los planos en los cajones del estudio para enseñárselos y con la última reforma hacía 18 años. Cuando acabaron con la visita, volvieron al salón de la planta baja. Ezequiel, Isaac y Micaela se sentaron a esperar, el agente inmobiliario también se sentó. Después de pasar unos pocos minutos revisando los planos y haciendo cálculos, dijo:
—Es un poco vieja, hay que reconocerlo. La estructura parece estable y según lo que parece el cableado eléctrico y las tuberías fueron cambiadas cuando se compró la casa, aún así necesitará una revisión. Todavía tengo que llamar a alguien para que le haga una inspección, nuestra empresa no vende casas con termitas, cucarachas, roedores o cualquier otros parásitos. Pero, si todo va en regla, creo que como mínimo podría vender esta casa por este precio —les dio el papel en el que había escrito el número.
Micaela ni lo miró, no le interesaba lo más mínimo. Isaac y Ezequiel lo miraron sorprendidos. 900.000€
— ¿Estoy viendo bien verdad? —preguntó Ezequiel—. Aquí hay cinco ceros... Y esto es lo mínimo, o sea, que podría ser más.
—Que listo eres —dijo Micaela con tono sarcástico.
—Entonces ¿tenemos trato? —Preguntó el agente.
—Sí —respondieron los dos chicos.
—No vamos a venderla —dijo ella decidida.
Los tres se la quedaron mirando, después de unos segundos de silencio, el agente carraspeó y empezó a recoger.
—Un momento. Micaela ¿has mirado la cifra? —preguntó Ezequiel incrédulo.
—Me da igual lo que valga, no vamos a vender. Y si yo no quiero, no podéis hacerlo sin mí.
—Bueno, supongo que seguiremos en contacto —el agente se levantó.
—Le acompaño a la puerta —se ofreció Ezequiel.
Justo cuando llegaron a la entrada, mientras abría la puerta y fingía que se despedía dijo:
—Usted haga que inspeccionen la casa, que nosotros ya la convenceremos.
Cuando volvió al comedor, Micaela no estaba, había ido a la cocina. Una cosa estaba clara, la casa les pertenecía a los tres y si ella no cedía, no podían hacer nada. La encontraron subida a una silla, rebuscando en los armarios. Lo extraño es que todavía quedara comida. Encontró un bote con macarrones, lo cogió y lo miró con nostalgia.
— ¿Qué buscas? —le preguntó Isaac.
— ¿Queréis macarrones? —agitó el bote.
—No es el momento para estas tonterías... Ya comeremos luego. Baja de ahí, que tenemos asuntos pendientes.
—Cómo quieras, luego no digas que tienes hambre... —bajó de la silla de un salto y la dejó en su sitio.
Su hermano no sabía como sacar el tema, pero Ezequiel fue directo.
—A ver... ¿Cuál es el problema para que no quieras vender?
—Simplemente no quiero. No voy a vender los sueños de nuestros abuelos.
— ¿Cuál es tú plan? —preguntó Isaac—. ¿Vivir aquí? Los tres tenemos casa propia, o piso. Nuestros padres también. ¿Sabes lo que cuesta mantener una casa como esta? El agua, la luz, el gas. Además de la limpieza.
—No tenía planeado vivir aquí...
— ¿Entonces que? ¿Cerrar la puerta y dejar que se le acumule el polvo?
—Eso tampoco, pero... ¿Qué os escribió a vosotros?
—Eso es privado —dijo Ezequiel—. ¿Por qué lo preguntas?
—Porque a mi me dijo que la cuidara, tal y como la habían cuidado ellos. No voy a venderla, por más dinero que me ofrezcan, a cualquier persona. A saber en que la convertirán... No pienso venderla. Es un no rotundo.
Escondió la cabeza entre los brazos encima de la mesa, volvía a llorar. No tuvieron más remedio que dejar el tema.
Intentaron volver a hablar con ella por la noche, pero nada funcionaba. Después de que pasara la inspección, los dos decidieron que era una buena idea dejar que los interesados visitaran la casa. Aunque la idea fuera buena, Micaela se aseguraba de que no encontraran ningún interesado. Además de que les iba persiguiendo por la casa mirándolos fijamente, como una psicópata, cuando veía a alguien mirando la cocina solía gritar.
— ¡Una cucaracha! 
Por lo que ella y quien estuviera cerca, salían corriendo, para que todo fuera más creíble, había comprado algunos insecticidas y trampas para roedores que había esparcido por la casa. No olvidaba mencionar que ella vivió allí de pequeña, que había muchas goteras en el piso de arriba, tablones rotos escondidos debajo de las alfombras, la chimenea si se encendía se llenaba toda la casa de humo, el moho en las paredes de las alacenas y... Las voces, las voces pidiendo ayuda por las noches, puertas que se abrían solas, luces que se encendían y apagaban, esas extrañas presencias que sentía mientras dormía... Las razones por las que vendía. Claro, que su hermano y su primo no lo sabían, creían que ella sería capaz de comportarse y dejar que la gente viera tranquilamente la casa. Pero no supo comportarse. Cuando llegaron las diez de la noche, cerró la puerta y quitó el cartel de "SE VENDE". Todos los interesados habían salido corriendo por patas.
Era muy tarde, no tenía coche y su piso estaba bastante lejos. Optó por quedarse a dormir ahí, nunca le gustó salir de noche sola. Aunque había estufas, encendió la chimenea, que funcionaba perfectamente. Y claro, no tuvo otra "genial" idea que ver que había en el armario de la cocina a parte de los macarrones. Y encontró... Una botella de tequila. Por lo que su segunda "genial" idea fue beber toda la botella a palo seco. Después de mareos, lágrimas, risas, felicidad y depresión al mismo tiempo. El aburrimiento consiguió que acabara cogiendo su teléfono, miró su agenda y llamó a la primera persona que tenía. Extrañamente, no se sabía el número de ninguna persona cuyo nombre empezara por la a, b, c y d. Estaba su madre, pero tenía puesto "Mamá". Es decir, las primeras personas en su lista eran Ezequiel (primo) y Ezequiel (tío), por suerte la p iba antes que la t en el abecedario. En realidad no tenía ni idea de a quién llamaba, pero se sentía sola y quería hablar con cualquiera, aún que fuera una teleoperadora.
— ¿Sí? —contestó Ezequiel.
— ¿Quién eres? —le preguntó Micaela.
— ¿Micaela? ¿Cómo que quién soy?
— ¿Por qué me llamas?
— ¿Qué? ¡Pero si has llamado tú idiota!
—Me abuuuuurrrooo. La visita ha sido un desastre. ¿Qué haces?
—Estoy trabajando.
— ¡Pero si tu no trabajas nunca hasta tan tare! ¿Qué hora es?
—La una... ¿sigues en casa de los abuelos?
—Sip.
—Vale... Quédate ahí.
—No tengo a dónde ir. Jaja.
—... Nos vemos luego.
Ezequiel colgó. Micaela habló durante casi un minuto sola, hasta que se dio cuenta de que él había colgado. Entonces llamó a la teleoperadora, repetidas veces. Cuando empezaba a hablar y se daban cuenta de que estaba borracha, colgaban. Al final se quedó dormida, en el suelo junto a la chimenea.
Ezequiel llamó a Isaac, más o menos media hora después aparecieron los dos allí. En lo primero en que se fijaron, fue que ya no estaba el cartel, luego cuando entraron lo vieron hecho pedazos en la entrada. Entonces entraron en el salón y se encontraron a Micaela tirada en el suelo. La primera reacción de Isaac fue asustarse, pero luego vio que solo estaba dormida.
—Micaela... —probó a despertarla.
—Déjame, tengo sueño —se quejó ella.
—Micaela ¿estás borracha?
—Solo un poco. Jaja.
—Se nota... Apestas a alcohol. ¿Qué has bebido? —luego vio la botella vacía—. Estás loca.
Ya no contestó. No la despertarían ni mil cohetes explotando a su lado. Isaac la cogió en brazos y se levantó, su primo no pudo evitar reírse.
—Cuidado, no vayas a romperte una uña.
—No soy esa clase de modelos...
Subió las escaleras hacia su habitación. Cuando volvió, solo, Ezequiel le preguntó:
— ¿Estás seguro de eso?
—Completamente. Si es lo que ella quiere... ¿Qué podemos hacer nosotros?
—Patata envenenada —susurró Ezequiel.
La mañana siguiente, más bien mediodía u hora de comer, Micaela despertó. Además de unos mareos, nauseas y resaca terribles, tenía una nota en la mesilla de noche.
<<Si no quieres vender, no venderemos.
Isaac>>

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